Octavilla repartida el 1º de Mayo

Otro Primero de Mayo…

sin el proletariado revolucionario

Otro año más en el que el proletariado revolucionario nada tiene que celebrar. Y van ya no sabemos cuántos. Tal es, sin duda, el precio que nuestra clase ha pagado, paga y pagará -no sabemos durante cuánto tiempo más- como consecuencia directa de la crisis del Movimiento Comunista Internacional, que no hacía sino anunciar el ya más que obvio -a pesar del escepticismo de algunos comunistas anclados en el culto moral e icónico, así como también, y esto es lo verdaderamente dramático, ideológico, a un glorioso pasado- fin del Ciclo revolucionario de Octubre (1917-1989).

Pero por mucho que ese lapso de tiempo -que comprendió hitos tales como la Revolución de Octubre y la Revolución china, por citar sólo dos ejemplos- haya acabado con una dolorosa derrota del proletariado internacional, demostró inequívocamente, al menos, tres cosas: por un lado, que la revolución era enteramente posible; seguidamente, que tal transformación consciente de la realidad era, contrariamente a lo que proclaman convencidos y al unísono burgueses y revisionistas -perdónesenos la redundancia- la única opción realista -por ser necesaria subjetivamente– que tiene la humanidad bajo el modo de producción capitalista; por último, y no por ello menos importante, el pasado Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial (RPM) también abofeteó sin piedad alguna la mayoría de los apriorismos que sostenían, consciente o inconscientemente, los revolucionarios. Y es que eso que llamamos paradigma de octubre -en otras palabras, la formulación de los requisitos, mecanismos y procedimientos de la revolución-, aunque permitió la apertura de ese período de experiencias revolucionarias, también llevaba impreso, en sus acotaciones, las limitaciones y límites históricos de ese modelo de articulación del sujeto revolucionario (el Partido Comunista) y su praxis revolucionaria. Pero tales acotaciones no pudieron ser aprehendidas, precisamente porque habían sido aprendidas para la representación de esa grandiosa obra que fue el Ciclo de Octubre.

Nos referimos, en este sentido, al necesario entrelazamiento histórico de los últimos ecos de la revolución burguesa con los albores de la revolución proletaria. Esto se manifiesta, por ejemplo, en cómo la última clase de la historia hereda mecanismos revolucionarios de la burguesía -por ejemplo el insurreccionalismo- ante la falta de experiencia revolucionaria propia. Del mismo modo, integra en su cosmovisión (el Socialismo Científico) elementos ideológicos burgueses -por ejemplo, ciertas concepciones positivistas que merman su capacidad de transformación autoconsciente. Pero a medida que se desarrollaba la lucha de clase del proletariado revolucionario, éste elevaba su propia praxis. A este respecto es notable la diferencia del papel que jugó la conciencia revolucionaria entre la Comuna de París -prefacio del Ciclo de Octubre- y la Guerra Popular en el Perú, último hito de aquél.

El comunismo dominante (el revisionismo), anclado en tal caduco paradigma, que ni quiere ni puede sacar las lecciones pertinentes de todo este riquísimo bagaje histórico -y para el que la crisis ha sido siempre el leitmotiv de la revolución-, se ha visto impotente e incapaz de construir no ya una alternativa real al régimen capitalista, sino siquiera un movimiento de masas relativamente potente. ¡Y van ya 7 años de tal esperadísima crisis!

En su sempiterna acumulación de fuerzas en la lucha sindical en particular, o reformista en general, subsumen y, en última instancia niegan, al desnaturalizarla convirtiéndola en parodia de lo que fue, la ideología revolucionaria del proletariado: el marxismo.

Por todo esto, nuestra opinión es clara. La vía revolucionaria pasa hoy por la asimilación crítica (o Balance) de toda la experiencia revolucionaria legada por el Ciclo que abrió la revolución de Octubre y la rearticulación política que lleve al proletariado a reconstituirse como clase para sí, es decir, como genuino Partido Comunista. Dicho en otras palabras, hemos de resituar la revolución socialista como horizonte plausible; y esto sólo es verosímil si dotamos a la RPM de un punto de partida más alto, nuevo, tomando como eje la ideología revolucionaria desarrollada a partir de la práctica social pasada. Pues, ¿qué clase de comunismo es ese que nos quiere encerrar en la reivindicación económica, parcial y reformista que nunca trasciende -porque no puede- el orden social capitalista, forma actual de la sociedad clasista?

Las condiciones objetivas para la revolución llevan dadas cerca de un siglo. La tarea imperiosa es, pues, la creación de las condiciones subjetivas que permitan a la humanidad, con el proletariado como avanzadilla, su total e incondicional emancipación.

Nueva Praxis

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