Tomar la Iniciativa. Salutación crítica al IV Congreso de IC

Recientemente ha llegado hasta nuestros oídos, de forma relativamente casual y no sin despertar cierto interés, la próxima celebración del IV Congreso de Iniciativa Comunista (IC). Los militantes de Nueva Praxis, sin ser de ningún modo especialmente veteranos en el Movimiento Comunista del Estado español (MCEe), sí hemos tenido la oportunidad de conocer desde una relativa, informal e indirecta cercanía por una serie de contingencias que no vienen ahora al caso— a la organización sobre la que este escrito versa. Precisamente por saber la clase de contradicciones que atraviesan a este destacamento comunista, nos vemos animados a elaborar una breve crítica que, así lo esperamos, pueda servir para espolear la reflexión y el debate en el seno de IC así como en el conjunto de la vanguardia, aprovechando la convocatoria de su Congreso.

Y es que no pueden dejar de llamarnos la atención ciertos rasgos concretos de esta organización: primero, la total heterogeneidad ideológica de su militancia y, en consecuencia, lo ecléctico de su propuesta política. En IC se entrelazan la ortodoxia marxista (soviética) hegemónica en el pasado Ciclo Revolucionario, ciertas sensibilidades maoístas o afines al maoísmo, militantes provenientes del mundo antifascista, elementos muy imbricados en el sindicalismo alternativo y también, por lo que hemos podido apreciar y constatar, una incipiente conciencia acerca de la necesidad imperiosa de reconstituir el Partido revolucionario del proletariado, el Partido Comunista.

En este contexto, no resulta del todo extraño que hayamos visto a militantes de IC renegar[1],[2]  abiertamente y también en petit comitédel programa emanado de su III Congreso; no obstante, y de forma ostensible, aquél sigue siendo al menos en lo esencial —y por desgracia— el bastón de mando del quehacer político de este destacamento. Ésta es, sin duda, su contradicción principal.

Pero tal contradicción tiene difícil solución, al menos desde nuestro punto de vista, si se opta por continuar en el camino hasta ahora recorrido. Seremos todo lo honestos que nos es posible: la razón de ser de IC es la necesidad de oxigenación de un revisionismo ya en bancarrota; el espacio político que ocupa es aquél desde el cual puede recoger y reciclar las inquietudes de muchos honestos y más que válidos camaradas que, intuyendo acertadamente la inconsistencia de los proyectos estancados del oportunismo cuyo ejemplo paradigmático es el PCPE, aún no han conseguido deshacerse de las premisas ideológicas y de determinada nefasta tradición en el estilo del trabajo que nos lega el concluido Ciclo revolucionario de Octubre. El resultado de todo esto, que es entre irónico y paradójico, nos parece palpable a simple vista: las diferentes tendencias y sensibilidades que se cruzan en IC, al huir por inercia de esos referentes del revisionismo y precisamente por no confluir en virtud de una previa identidad ideológica, sólo están de acuerdo en aquellas caducas premisas y en esas obsoletas formulaciones políticas que todo el Movimiento Comunista Internacional (MCI) heredó; por lo mismo, su programa refleja lo esencial —y, por tanto, lo peor— del revisionismo (cierto desdén por la teoría, un marcado economicismo, espontaneísmo político, severos déficits dialécticos[3], etc.), pero sin haber perfilado, definido ni desarrollado de forma original tales ideas, por erróneas y reaccionarias que éstas sean. Y una vez agitados todos estos elementos, resulta un indigesto cóctel al menos para el proletariado revolucionario—: un programa que está en la derecha del MCEe, muy similar a los del PCPE y PCOE… ¡antes de sus respectivos últimos Congresos[4]! Por consiguiente, IC se encuentra actualmente a la derecha de estos partidos revisionistas.

Tras ver esta panorámica general de Iniciativa Comunista, creemos que este Congreso presenta sólo dos posibilidades: por un lado, que se persevere en la línea que se ha venido trazando hasta hoy, cambiando superficialmente algunos aspectos (quizá en el sentido en que, como hemos señalado, lo hicieron en su momento PCPE y PCOE), pero manteniendo intacta la esencia de su línea actual. Como también hemos dicho ya, esto sería el resultado de la conciliación entre las diferentes posiciones existentes en el seno de la organización, que tienen puntos de encuentro en lo negativo de cada corriente, pues es lo único que comparten. Por otro lado, la alternativa y la opción más deseable es que, en vez de servir para conciliar, este Congreso desatase la lucha de dos líneas entre las concepciones viejas (sindicalismo, espontaneísmo, eclecticismo ideológico, etc.) y los incipientes elementos nuevos que se pueden percibir en ciertos sectores de la militancia de IC. Las y los camaradas que dentro de IC comprenden o empiezan a comprender la insuficiencia de los movimientos de resistencia y el papel transformador que han de jugar los comunistas y no el de meras comparsas en la retaguardia de la espontaneidad, el poco recorrido de las luchas particulares y la necesidad subjetiva que tiene el proletariado de constituir su Partido revolucionario, son las personas a las que, especialmente, nos dirigimos.

¿Espontaneidad o conciencia revolucionaria? ¿Seguidismo o Iniciativa? 

En este apartado intentaremos, aun sin pretensiones de exhaustividad, esbozar algo más concretamente nuestras críticas a las concepciones sostenidas en IC. A este respecto, resulta bastante ilustrativo el modo en que esta organización se autodefine:

«Iniciativa Comunista se considera una organización revolucionaria, republicana, laica, ecologista, anti-imperialista, antifascista y antipatriarcal.»[5]

Esta definición preliminar ya nos parece, sin lugar a dudas, realmente problemática. Nuestra secular insistencia en entender el marxismo como una concepción integral del mundo —como una cosmovisión o cosmología (Weltanschauung)—, tiene como objetivo acabar con este tipo de confusión general que gobierna el MCEe. No obstante, antes de entrar a desgranar los orígenes y las implicaciones profundas de este eclecticismo ideológico, veamos cómo, inmediatamente después, aplican esta mixtificación teórica a la definición de sus objetivos y, por tanto, también a su actividad práctica. Según la propia IC, 

«En su pretensión está la integración de todos los sujetos sociales oprimidos y explotados, y de todo movimiento de reivindicación parcial, respetando su particular marco de luchas, pero coordinando sus experiencias particulares en la necesaria lucha central revolucionaria para derrocar el poder establecido[6]

Como vemos, esta forma dualista[7] de entender la revolución es completamente ajena al marxismo. Tras el cierre histórico de la primera ola de la Revolución Proletaria Mundial y con ese marxismo inoperante que nos legó, se abrían sólo dos caminos. El primero, arduo y complejo, implicaba la recapitulación histórica para el reencuentro del marxismo-leninismo consigo mismo. El segundo, que ha sido y sigue siendo aún el hegemónico en el MCI, consiste en renunciar veladamente a la ideología proletaria y, por tanto, también a la revolución. En otras palabras, vemos cómo todos los destacamentos revisionistas, de una u otra forma, se limitan a cubrir los vacíos teóricos que hay que rellenar con elementos y concepciones burguesas en general y pequeñoburguesas en particular. Éste es el caso, también, de IC. Dado su menosprecio por la teoría revolucionaria, así como ese inmediatismo político que les lleva a pugnar, sin éxito alguno, por las amplias masas (rasgos que comparten con todo el polo reaccionario del MCEe), apuestan de forma totalmente explícita por la componenda con todo movimiento parcial que las propias dinámicas del capitalismo generan espontáneamente (el republicano, el antifascista, el ecologista, el feminista, etc.). No contentos con tal ejercicio de seguidismo, dicen incluso tener la pretensión de respetar su particular marco de actuación pero, eso sí, coordinando sus experiencias. Este esquema no puede dejar de recordarnos a las desviaciones nacionalistas de organizaciones como Kimetz que, en sus nuevos principios ideológicos, dicen apostar por el marco de actuación nacional —y, por tanto, por la constitución de diversos Partidos nacionales en el interior del Estado español—, aunque siempre con la coletilla de la fraternal coordinación a nivel estatal.

Pero esta visión particularizante de la revolución (nos referimos de nuevo a IC, aunque en otro plano es también aplicable al nacionalismo de organizaciones como Kimetz) es completamente ajena al marxismo revolucionario. Sigue la lógica revisionista de «integrar dos en uno», de yuxtaponer los diferentes movimientos reformistas tal y como se presentan, como si su conjunción coordinada diera lugar a la Revolución Proletaria. Pero, como hemos dicho numerosas veces en otros documentos, esto está en las antípodas del Comunismo. Tal concepción del proceso de transformación social corresponde a la manera pequeñoburguesa de entender el mundo que tiene la aristocracia obrera. Ésta, en su siempre inestable atalaya hecha de las migajas que caen del reparto imperialista del mundo, se ve continuamente obligada a pelear por esos restos que le otorgan su estatus social, privilegiado respecto al proletariado pero subalterno en el interior del bloque dominante. Por esto mismo, su fracción radicalizada —a su vez, producto de cierta inevitable proletarización y/o del constante peligro de ello— necesita algo con lo que negociar su posición, sus cuotas de poder y su pedazo de pastel de la apetitosa tarta que es la plusvalía extraída al proletariado del tercer mundo —aunque también, en menor medida, al proletariado local. Dada esta correlación de fuerzas, la aristocracia obrera busca siempre aliados para hacer presión a la burguesía monopolista: ahí encuentra, fundamentalmente, a los movimientos sociales, a la pequeña burguesía agitada reclamando, también, su espacio. Éste y no otro es el sentido de ese cúmulo de –ismos que IC se dice considerar pues, además, conciben la lucha de clases al estilo sindicomunista del maniqueo binomio obrero/patrón. Si el republicanismo, el feminismo, el ecologismo, el laicismo, etc. se coaligaran —con esa dirección obrera objetivada para ellos en ese sindicalismo de clase y combativo que, cómo no, pretenden reconstruir— para presionar al Estado burgués, tendrían una mejor posición de negociación. Pero todos estos sectores tienen también sus contradicciones particulares entre sí, razón por la cual este tipo de proyectos, así planteados, nunca terminan de despegar. Como se ha visto con Podemos, el populismo mediático y apologeta del sentido común puede hacer en escasos meses lo que las fracciones radicalizadas de la aristocracia obrera (fundamentalmente encarnadas en el revisionismo) querrían articular desde la apelación a esa mítica conciencia de clase (en sí).

Después, hablando de esos movimientos sociales, dicen que

«Es imprescindible que se visualice de forma extremadamente clara que cada uno y cada una de las militantes, y la organización en su conjunto, pretenden formar parte del movimiento para desarrollar un trabajo encaminado a desarrollar el propio movimiento, y en ningún modo a dominarlo o manejarlo para fines puramente coyunturales[8]

¡Esta es una valiosísima confesión por su parte! Queriendo «alejar cualquier sospecha de oportunismo»[9], meten la pata de lleno en el pozo que intentaban esquivar. Precisamente, no hay mayor expresión general de oportunismo —de búsqueda de objetivos puramente coyunturales— que esos movimientos sociales pequeñoburgueses, tendentes, por cierto, al embaucamiento del proletariado para sus propios fines reformistas. Si IC reconoce abiertamente querer desarrollar ese propio movimiento, ¿¡cómo va a dejar de ser una organización oportunista!? La mixtificación de conceptos, como decimos, es generalizada.

En las antípodas de este modelo de construcción de un movimiento —que, como hemos demostrado, no podrá jamás ser revolucionario sino sólo reformista— encontramos al marxismo revolucionario. Para éste, la sociedad es una totalidad única, un entramado complejo de relaciones sociales contradictorias que se desenvuelven en una completa interrelación. Entonces, de la misma manera que nuestra cosmovisión es totalizadora —pues nos sirve para aprehender las leyes de toda forma particular de materia y transformarla conscientemente—, también lo es el movimiento revolucionario del proletariado. Ésta es la verdadera vinculación de fondo entre la teoría y la práctica comunistas, y no ese vulgar practicismo que usa la primera sólo como justificación formal de su paupérrimo actuar.

Unas palabras acerca de la Revolución y el Socialismo

Pero ¿de qué manera se concreta esta naturaleza totalizadora del Comunismo, tanto en lo teórico como en lo práctico? En forma de Partido Comunista[10]. Éste, al ser un organismo social autoconsciente, es el único capaz de revolucionar las bases materiales (objetivas) de la sociedad al mismo tiempo que se autotransforma como sujeto. En otras palabras, el proletariado revolucionario constituido en Partido subvierte, transforma y suprime radical y progresivamente la totalidad de las relaciones sociales del mundo clasista creando otras nuevas (comunistas), mientras cambia su propia fisionomía y conciencia hacia su autodisolución como clase universal, deviniendo en humanidad emancipada. Este entrelazamiento histórico de las relaciones sociales viejas (capitalismo) y las nuevas (Comunismo), esta etapa transitoria, la dictadura revolucionaria del proletariado, es lo que llamamos socialismo. Mas ¿cómo arribamos a susodicho estadio de la revolución?

Para IC —que mienta alguna vez y dice defender la dictadura proletaria— es necesario «iniciar un proceso constituyente por la república popular (¿como etapa intermedia, quizá, entre ambas dictaduras de clase, la burguesa y la proletaria?) que suponga la ruptura democrática con el régimen (…)»[11]. Esta forma ambigua de plantear los problemas de la revolución es consecuencia directa de su modelo de construcción del movimiento político. Se debaten, por un lado, entre la democratización del Estado burgués y su reforma mediante una Asamblea Constituyente —como piden timoratamente todos los partidos parlamentarios republicano-reformistas y ciertas organizaciones extraparlamentarias que no son precisamente revolucionarias— y, por otro, la dictadura del proletariado como idea platónica. Esta confusión y contradictoriedad general se parece, también, a la propuesta política del programa del PCE(r)[12], por ejemplo.

En otro lugar, IC llega a decir que dicha República será sostenida por el pueblo en armas. No hemos podido evitar dar un respingo sobresaltados ante semejante alegato. ¿Qué nos hemos perdido? Exactamente, ¿cómo han llegado esas armas al pueblo? ¿Cuál es la línea militar postulada por IC que asegure la creación, desarrollo y afianzamiento de un Ejército Rojo? ¿Cuál la vinculación de éste con la edificación del imprescindible Nuevo Poder revolucionario? Todos estos interrogantes quedan sin respuestas, por lo que nos vemos obligados a concluir que esto es una coletilla, cierto respeto formal por la verdad incuestionable de que la revolución es un acto violento, y no tanto una apuesta política seria y consecuente.

En total coherencia con el resto de sus posiciones, alegan que la «toma del poder» es «el punto final del proceso revolucionario»[13]. Nos tememos que no son conscientes de las profundas implicaciones que tiene esta tesis. Es, sin duda, la coronación natural de su visión de la revolución y, como el resto de sus postulados, quedan fuera del marxismo-leninismo.

Dado ese modelo compartimentado y reformista de construcción de un movimiento político, su sanción jurídica y corolario lógico será esa Asamblea Constituyente sostenida, supuestamente, por el pueblo en armas. Y, para ellos —como dicen literalmente—, ahí acaba la revolución. La nueva constitución garantizará de una vez por todas la liberación de la humanidad viviente en el Estado español, pues si acaba la revolución es porque ha acabado, también, la lucha de clases. Hemos llegado, sin saberlo, al Comunismo, aunque sea en las estrechas fronteras de este Estado. Aquí ha tomado forma una de las limitaciones más perjudiciales que el marxismo ha sufrido durante el pasado Ciclo. Y es que esta idea, según la cual la revolución acaba con la toma del poder, sólo puede llevar a la tesis revisionista del «Estado de todo el Pueblo». Ésta, cuyo rastro se puede seguir hasta, como poco, la Constitución Soviética de 1936, no deja de ser la continuación de las limitaciones stalinianas, pues los cuadros del PC(b)[14] se mostraban incapaces de percibir la supervivencia de la lucha de clases en el socialismo y hasta el Comunismo. En este sentido, se creía que la burguesía era una clase exclusivamente residual, y no generada constantemente bajo nuevas formas también durante el socialismo. Por lo mismo, se veía la amenaza de la restauración como un peligro únicamente exterior —a través de la agresión imperialista directa— y no interior. Ironías de la vida, fue efectivamente la reacción interior —la burguesía de Estado— la que, a sus anchas, pudo restaurar el capitalismo en el primer Estado de Dictadura del Proletariado de la historia.

Pero volvamos con IC. En absoluta solidaridad con el resto de su hilo argumental,  dicen buscar

«(…) la construcción de un socialismo antipatriarcal, antiimperialista, antiracirrascista, con caracterísiticas propias (…).»[15]

Y, poco después, que apuestan

«(…) por un comunismo que incorpore al bagaje de experiencias de un siglo de movimiento comunista lo mejor de las nuevas formas de lucha y actuación y las reivindicaciones de los nuevos movimientos sociales[16]

Una vez dicho esto, todo su relato cobra el mayor de los sentidos. Lástima que, como decimos, no sea precisamente un sentido revolucionario. Tras esa alianza aristobrera con toda clase de movimientos sociales pequeñoburgueses, respetados en su particularidad[17] e incorporados tal cual se presentan a la revolución, IC les promete que su socialismo será solidario con ellos y no totalizador. Ése es el único sentido que tiene la perogrullada de la adjetivación del socialismo como antipatriarcal, antimperialista y antirracista. Dado que han renunciado a constituir ese movimiento único, unitario y total del proletariado revolucionario en forma de PC, que carecen de cualquier táctica-Plan consciente que sea la hoja de ruta de la revolución y que han aceptado toda clase de compromisos con otras clases sociales sin la capacidad real de imponer una dirección ideológica y política comunista, terminan luchando por un socialismo pequeñoburgués que complazca también las peticiones de ciertos sectores, algunos de ellos de tradición realmente corporativa[18].

Antes de que nadie se lleve las manos a la cabeza, aclararemos una cuestión. No queremos decir que no nos posicionemos frontal y decididamente en contra de la doble opresión que sufre la mujer, del imperialismo o del racismo, entre otras cosas. Por el contrario, argumentamos que el hecho de adjetivar de este modo el socialismo es, en el mejor de los casos, una tautología hecha por desconocimiento; en el peor, puro oportunismo. En el caso de IC, lo más seguro es que se trate de una mezcla de ambos: un ingenuo y honrado oportunismo por falta de profundización teórica en los postulados fundamentales del Socialismo Científico. Y es que, como hemos apuntado más arriba, el socialismo es la etapa de transición que crea lo nuevo y destruye lo viejo; la fase intermedia entre la sociedad clasista y la comunista; el espacio temporal en el que, obviamente, ha de acabarse con toda forma particular de opresión que sufra la humanidad.

Pero, de nuevo, tropezamos aquí con ciertas problemáticas heredadas del periclitado Ciclo de Octubre. Por un lado, al no ver el Comunismo como una cosmovisión y movimiento político revolucionario totalizadores —sino que se entiende al estilo sindicalista de obrero (varón blanco, heterosexual y occidental) contra patrón (también varón blanco, heterosexual y occidental—, les parece necesario realizar esa matización antipatriarcal, antiimperialista, etc. Por otro lado, y ante los vacíos de que hace gala ese marxismo heredado, ven la necesidad de rellenar esos huecos. Y esto es totalmente necesario; el problema es con qué los rellenamos. Aquí juega un papel fundamental la escasa asimilación del marxismo-leninismo por parte del grueso de los comunistas (de este Estado y del mundo en general), pues se opta usualmente por la vía sencilla e inmediatamente factible de, como dice literalmente IC, incorporar lo mejor de los movimientos sociales y sus reivindicaciones. ¿En qué se traduce esto? En meter con calzador las concepciones burguesas del mundo en el esqueleto marxista; en conciliar el Comunismo con el feminismo, el ecologismo, el sindicalismo, el republicanismo, etc.; en definitiva, supone la subversión total de nuestra ideología neutralizando y tirando por la borda todo su contenido revolucionario.

En realidad, todos los destacamentos revisionistas apuestan por esta vía. La particularidad de IC es que lo hace de forma más obvia, descarnada y explícita que los demás, precisamente por esa ausencia de definición ideológica que le impone su heterogénea composición. En este sentido, ¿quién decide qué es lo mejor de cada movimiento social? Por este sendero ecléctico sólo se llega al acuerdo de mínimos, a la conciliación, insistimos, de las subideologías burguesas, por un lado, y de el cúmulo de éstas con la proletaria, por otro. ¿Cuánto tiempo más van a pasar por el aro los militantes revolucionarios de Iniciativa Comunista?

En contraposición a este picoteo ideológico de aquí y allá, nuestra posición, la del Movimiento por la Reconstitución, es clara. En vez de completar y complementar el marxismo con todo lo que se encuentra por el camino, lo que corresponde al estado actual de nuestra ideología es, precisamente, su reconstitución. En otras palabras, necesitamos más y mejor marxismo y no una mezcla amorfa de ideas dispersas y sin sistematizar. Por tanto —y en coherencia con Marx— postulamos que la lucha de clases es, a todos los niveles, el motor de la historia, por lo que será en la propia lucha del marxismo-leninismo contra estas tendencias pequeñoburguesas que enarbola buena parte de la vanguardia teórica[19] como se desvelará lo positivo que éstas tengan a la hora de dar respuesta efectiva a los problemas candentes de la revolución para, así, ser incorporadas —tras su transformación— en su necesaria posición dentro de la cosmovisión proletaria (reconstitución ideológica del Comunismo).

Se suele alegar, en parte por la obnubilación que produce el mercado de la política posible, que el marxismo tuvo serias carencias en todos los frentes y especialmente en aquellos más delicados como el de la emancipación de la mujer, el de la liberación de los pueblos colonizados o dependientes o el de la descriminalización de la homosexualidad. Esto es, sin duda alguna, totalmente cierto. Pero no es menos cierto que, dada la vinculación intrínseca de todos estos aspectos, dada su indisoluble unidad en el marco de la revolución, los comunistas fracasamos no sólo en dichos ámbitos concretos sino también y sobre todo en el conjunto de nuestra empresa emancipadora. Como hemos intentado demostrar, no existe la emancipación del proletariado separada de la de la mujer o la de los pueblos negros, por ejemplo, ni tampoco es posible la operación inversa. Todos estos aspectos son una y la misma cosa. La autoemancipación del proletariado es la liberación de la humanidad. Dicho de otro modo, la humanidad, en nuestra época, está históricamente determinada como proletariado. Por tanto, no es que creamos —como se suele decir de forma bastante infantil— que el socialismo vaya a resolver todas las contradicciones sociales que generan explotación y opresión por arte de magia. Sabemos precisamente que, de no hacerlo, aquello no será socialismo ni estará en dirección al Comunismo. Es más, tales críticas —que son esgrimidas muchas veces de forma interesada para negar el Comunismo en general— son en realidad una crítica, consciente o no, al revisionismo.

Entonces, ¿cómo asegurarnos de que el Segundo Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial dé respuesta a todos los problemas globales y concretos que se nos presentan y que, a su vez, sea la ola definitiva de la RPM?

Sentemos las bases de la revolución. Conclusión

Planteadas claramente las contradicciones que erosionan a IC como organización y que, como sabemos, también queman militantes, falta saber qué camino seguir para llegar al objetivo que todos tenemos: la sociedad sin clases.

Dado que no queremos extendernos demasiado y que ya hemos expuesto lo fundamental de la Línea de Reconstitución en otros documentos[20], procuraremos aquí hacer sólo un repaso superficial de las tareas que creemos imperiosas.

En vez de acumular accesorios pequeñoburgueses para acoplarlos artificialmente al marxismo, nos resulta imperativo, precisamente, desarrollar éste en coherencia consigo mismo. Esto no significa, claro está, que vayamos a desarrollar la teoría desde el aire, desde la especulación intelectualista. No. Como expuso claramente Mao[21], la teoría es práctica social sintetizada. En coherencia con ello, el Balance que propone el Movimiento por la Reconstitución es, sencillamente —y aunque no sea tarea fácil ni corta— la aplicación del marxismo a los marxistas, el estudio crítico desde el materialismo histórico de la propia práctica social pasada del proletariado en particular y de las relaciones de éste con toda la lucha de clases en general. Esto nos dará el material necesario para dar respuesta a los nuevos problemas de la revolución, y así situar al marxismo, de nuevo, a la altura de las circunstancias históricas y del nivel alcanzado por la lucha de clase del proletariado revolucionario. A su vez, hemos de contrastar estos resultados en lucha de dos líneas con el revisionismo y con toda forma de pensamiento burgués que pugne por la hegemonía de la vanguardia —anarquismo, el propio revisionismo, fundamentalismos religiosos, etc.— de manera que, al negar, neutralizar y suprimir dichas ideologías, el marxismo salga reforzado y enriquecido. Paralelamente a todo esto, y como a día de hoy ya es totalmente palpable, vamos articulando políticamente y de forma progresiva, mediante la aplicación de nuestra línea de masas, un movimiento de vanguardia prepartidario. Ésta es la única forma de enarbolar un referente marxista-leninista que esté en condiciones de disputar la hegemonía al hoy mayoritario revisionismo.

Como ya postulara Lenin frente al economismo ruso allá por 1902, ante la táctica-proceso del revisionismo, que sigue la corriente del movimiento espontáneo y carece de Iniciativa, ha de oponérsele inmisericordemente una táctica-Plan consciente que guíe el trabajo de los militantes revolucionarios, armonizando los fines últimos con los medios a usar y eligiendo estos en función de aquéllos.

Como decíamos al inicio de esta misiva, esperamos sinceramente que ésta sea mínimamente útil para estimular las reflexiones de las y los camaradas de Iniciativa Comunista —y de la vanguardia en general— que sientan ciertas inquietudes sobre la revolución y sus necesidades a día de hoy. De la misma manera, es nuestra intención manifiesta azuzar el debate aprovechando la eventualidad de la convocatoria de su IV Congreso. Como hemos dicho también, somos perfectamente conscientes de que el Programa vigente de IC no goza de la estima que debiera entre buena parte de los militantes; no obstante, y como puede ver cualquiera que conozca un poco el MCEe, aquél sigue marcando prácticamente el camino que sigue esta organización. Por eso nos hemos basado en él para confrontarlo con nuestras posiciones e intentar clarificar algunos puntos de manifiesta confusión ideológica.

***

Vivimos un momento crucial en el deslinde de campos entre la revolución y la reacción. A lo largo de estos últimos años —y por primera vez en mucho tiempo— empieza a verse cómo se yergue, aunque aún tímida y humildemente, un movimiento político de vanguardia que, más allá de su composición cuantitativa —en crecimiento exponencial, por cierto—, realiza un importante esfuerzo teórico para dar respuestas a los problemas de la revolución, procura crecer y articularse políticamente en función de esas necesidades y, lo más importante de todo, demuestra la claridad y la madurez ideológicas necesarias para avanzar hacia el único horizonte posible, necesario y deseable objetiva y subjetivamente para el proletariado revolucionario: la reconstitución de su Partido para el desarrollo de la guerra de clases, la toma del Poder y el arduo tránsito hacia el Comunismo.

Es hora, pues, de tomar la Iniciativa a la que se ha renunciado durante demasiado tiempo, retomar el camino que —siguiendo el efímero ejemplo de la Comuna— pavimentaron para casi un siglo los bolcheviques en los albores del siglo pasado y desarrollarlo conscientemente de manera que jamás pueda volver a ser proclamado por la burguesía el fin de la historia.

 

¡Desarrollemos la lucha de dos líneas!

¡Por la reconstitución ideológica del Comunismo!

¡Por la reconstitución del Partido proletario de Nuevo Tipo!

 

 

 

Nueva Praxis

Agosto de 2014

[1]             . Se dirá contra nuestra argumentación, quizá, que puede ser lógico que poco antes de un Congreso el viejo programa deje de ser una referencia, precisamente porque uno nuevo vendrá a sustituirlo. Esto no es así. En una organización comunista, salvo causa de fuerza mayor, el Congreso es el máximo órgano de decisión, y sus acuerdos han de ser respetados por el conjunto de la militancia. En ese mismo sentido, un programa sólo podrá ser modificado o substituido por el siguiente Congreso. Si ya antes de su celebración se declara, aunque sean sólo ciertos militantes, la nulidad de los acuerdos vigentes, ¿cuál es la política que se está aplicando? ¿Acaso plasman el programa sólo algunos de los militantes y, mientras, otros realizan el trabajo político que consideran oportuno? Esto es una buena muestra de liberalismo, consecuencia a su vez de esa heterogeneidad y ausencia de identidad ideológica que sufre IC. Además, es el problema de elaborar programas desde la separación de la vanguardia y de la de ésta para con el resto proletariado: aquél deja de ser la expresión de una vinculación objetiva entre vanguardia y masas, entre los problemas de la revolución y las necesidades de las masas, y se torna en una simple propuesta política externa a la clase que se le ofrece de la forma en que lo hacen los partidos burgueses parlamentarios, sólo que en nombre de una revolución que no se sabe cómo iniciar porque no existe Partido Comunista.

[2]             . Es notorio, también, que aquellos militantes a los que hemos visto renegar, desmarcarse o hablar del programa como un mal menor, representan en lo esencial cada una de esas tendencias contradictorias que pueblan IC. Lo que demuestra, a su vez, que dicha heterogeneidad ideológico-política genera una propuesta ecléctica que tiene, como no podía ser de otra manera, los pies de barro.

[3]                                                                                                                         . Como dato anecdótico pero revelador, en la sección de su web ¿Qué es Iniciativa Comunista?, que a su vez es un extracto de su programa —concretamente del apartado Línea Ideológica—, dicen literalmente que asumen «la herramienta analítico-práctica del materialismo». Pero ¿qué materialismo? Hablar de materialismo en general, y sobre todo allí donde se supone que se definen ideológicamente, es un detalle para nada baladí. Desde la aparición del materialismo dialéctico, el materialismo a secas —léase vulgar— se convirtió en su opuesto, es decir, en otra forma de idealismo. Como intentaremos demostrar en el presente documento, es este último tipo de materialismo el que se profesa, de forma totalmente inconsciente, en Iniciativa Comunista.

[4]             . Este dato es bastante significativo. El XIV Congreso del PCOE y el IX Congreso del PCPE tienen lugar, respectivamente, en Abril y Diciembre de 2010. El III Congreso de IC se desarrolla casi dos años después, en Febrero de 2012. Los programas revisionistas emanados de tales Congresos del PCPE y PCOE suponen un viraje, por leve, superficial y oportunista que sea, hacia la izquierda. Se les hizo imprescindible dar esa mano de pintura seudorevolucionaria a sus trasnochados programas,  pues así pretendían intentar captar las miradas de la aristocracia obrera radicalizada por el recrudecimiento de la ofensiva del capital monopolista durante la crisis (tema que tratamos algo más extensamente en nuestro documento Entre dos reinados… y dos ciclos revolucionarios). En cambio, IC, en pleno 2012, aún apostaba por ese Frente de Izquierdas que los otros partidos revisionistas ya habían dejado atrás, para substituirlo por el Frente Obrero y Popular por el Socialismo (FOPS) del PCPE y el Frente Único del Pueblo (FUP) del PCOE. Como iremos viendo, el resto del programa de IC expone descarnadamente las ilusiones revisionistas más ingenuas y oportunistas. Como decía Engels, el oportunismo honrado es de hecho la peor clase de oportunismo. Y éste creemos que es el caso de Iniciativa Comunista.

[5]             . Extraído del apartado de su web ¿Qué es Iniciativa Comunista?

[6]             . Íbidem. Las negritas son nuestras.

[7]             . Como se ve, IC reconoce dos niveles en la lucha de clases que, según les parece, pueden convivir armónicamente. Por un lado, cada movimiento particular que pugna por lo suyo; por otro, la lucha «central» revolucionaria en la que se coordinan los primeros. Como iremos viendo, este criterio no es proletario sino específica y típicamente pequeñoburgués.

[8]             . Documentos públicos del III Congreso de IC, apartado Estrategia, epígrafe Participación en los movimientos.

[9]             . Íbidem.

[10]           . Sobre el problema de la constitución del Partido Comunista, el Programa de IC se limita apostar, casi de pasada, por la fórmula de la unidad de los comunistas en un escueto párrafo y algunas alusiones dispersas más. Desde su perspectiva, pareciera que el Partido se constituye por el simple desarrollo de esos movimientos sociales en los que convergerían diferentes organizaciones comunistas; que es un resultado epifenoménico de las formas burguesas de lucha de clases y no el objetivo central de todo Plan político proletario que se plantee la revolución como un horizonte serio. Para no ser repetitivos, el lector que quiera conocer más extensamente nuestra opinión sobre esa unidad comunista puede leerla en nuestro artículo titulado El sacrificio del nonato. Respuesta al PTD.

[11]           .  Documentos públicos del III Congreso de IC, apartado Línea Ideológica.

[12]           . Recordemos los ya míticos extractos de este programa antinómico. Citaremos sólo tres, los más sangrantes: «España es un país de capitalismo monopolista de Estado, en el que a las contradicciones propias de este sistema se añaden las derivadas de la implantación y el dominio de un régimen de tipo fascista. (…) De acuerdo con las consideraciones generales que acabamos de señalar, la revolución pendiente en España sólo puede tener un carácter socialista»; «Con la instauración de la República Popular se inicia el periodo que va desde el derrocamiento del Estado fascista e imperialista a la implantación de la dictadura del proletariado»; «La principal misión de este gobierno será la de aplastar la oposición violenta de la gran burguesía y demás sectores reaccionarios y garantizar la celebración de unas elecciones verdaderamente libres a una Asamblea Constituyente». Como puede verse, los paralelismos en la generalizada confusión ideológica y la ambigüedad política son un rasgo manifiesto. Se mezclan arbitrariamente las elecciones verdaderamente democráticas para una Asamblea Constituyente de una República Popular con el reconocimiento (formal) de la dictadura proletaria y el socialismo. Y la misma comparación podríamos hacer trayendo a colación extractos de artículos y documentos del inefable PTD, pero no creemos que sea ya necesario.

[13]           .  Documentos públicos del III Congreso de IC, apartado Estrategia.

[14]           . Partido Comunista (bolchevique) de la URSS.

[15]           . Documentos públicos del III Congreso de IC, apartado Línea Ideológica.

[16]           . Íbidem.

[17]           . Conviene apuntar que IC también habla de llevar el marxismo a cada lucha concreta. Pero esto, al contrario de lo que pudiera parecer, no dice nada bueno de su propuesta política, sino más bien al contrario. Tal fórmula no deja de ser una adaptación de la vieja idea economista de dotar a la lucha económica misma de un carácter político, sólo que en el contexto del fin del Ciclo de Octubre y en el panorama sociopolítico del Estado español post-15M.

[18]           . Haremos aquí una reflexión algo más amplia. Sabido es que todo movimiento parcial es, por su propia naturaleza, reformista y, por tanto, reaccionario. No obstante, no todos se desenvuelven políticamente de la misma forma. Algunos han conseguido integrarse positivamente en las redes del Estado imperialista, cooptando de forma corporativa, como decimos, al Poder. Otros, por el contrario, suponen sólo realidades coyunturales (muchas veces incluso de corte ético-fetichista, como el antifascismo) que a la burguesía poco o nada le cuesta hegemonizar eventualmente si estallan de forma espontánea. Además, aquí nos ayudará el propio lenguaje a identificar estas diferencias. Y es que por un lado, los movimientos parciales y reformistas construidos etimológicamente como positividad o afirmación (feminismo, sindicalismo, nacionalismo, ecologismo, etc.) han conseguido, de una u otra manera, incorporarse al edificio político burgués copando ciertas cotas de poder. En el caso del sindicalismo (que representa los intereses y es la herramienta fundamental de encuadramiento en el Estado de la aristocracia obrera) y del nacionalismo (que representa los intereses de las burguesías nacionalistas de la periferia del Estado), son —al menos por ahora piezas clave del bloque dominante del Estado español, por debajo, obviamente, de la burguesía monopolista. Otros, como el ecologismo y el feminismo, optan a sus pedazos de pastel más como lobby, mediante la cooptación corporativa y los cupos —en ese sentido son bastante gráficas, por ejemplo, las políticas de paridad de género del gobierno de Zapatero. Por el contrario, esos movimientos particulares construidos como pura negatividad (antifascismo, antirracismo, anticapitalismo, etc.) corresponden usualmente a reacciones más espontáneas que, cuando no son directamente pequeñoburguesas, son rápidamente hegemonizadas, dirigidas y absorbidas por la burguesía —por tal o cual de sus fracciones— para la defensa de sus propios intereses. Además, suelen tener un carácter más pasajero ya que, insistimos, son reacciones ante determinados acontecimientos y no tanto movimientos sostenidos que pugnen, en tanto que tales, por sus cuotas de poder.

[19]           . Recordamos: la vanguardia teórica son aquellos sectores de la clase que se cuestionan el capitalismo, buscan vías para su superación histórica y ofrecen respuestas al resto de clase, sean o no soluciones consecuentemente revolucionarias.

[20]           . En este sentido, nos remitimos de nuevo a nuestro documento El sacrificio del nonanto. Respuesta al PTD, pues es, en resumidas cuentas, una exposición de la Línea de Reconstitución que se realiza en contraposición a la del PTD, muy parecida, por cierto, a la de IC. No obstante, no podemos dejar de recomendar a todo aquél interesado la Nueva Orientación del PCR, como documento fundamental (y, aunque con ciertas reservas, podríamos decir también que fundacional) de esta Línea.

[21]           . Ver Mao Tse-tung, Sobre la práctica.

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One Response to Tomar la Iniciativa. Salutación crítica al IV Congreso de IC

  1. El Kapitán VK says:

    Hola compañeros,
    estimo mucho compartir (en gran medida) con vosotros la crítica al capitalismo: la explotación como resultado de la dominación de clases. De ello se deduce el comunismo como una economía en la que la dominación de clase ha sido disuelta. Ahora bien, algunas de las consecuencias que se extraen de ello en vuestro texto son como poco problemáticas y, por lo tanto, abiertas a un debate más amplio:
    1. La dictadura del proletariado como “único” medio para disolver las clases sociales. De esto se desprenden consecuencias negativas para la organización actual de la clase trabajadora. En primer lugar, dispone a los diferentes partidos comunistas de verdades irreconciliables con las de otros partidos que les conduce a recrear las prácticas burguesas a pequeña escala. En segundo lugar, excluye a segmentos del movimiento obrero con la finalidad común de disolver las clases sociales por otros medios: Lo que compromete a comunistas y anarquistas en un mismo movimiento revolucionario no es la abolición de la propiedad privada, sino la disolución de las clases sociales.
    2. La propiedad estatal, a diferencia de la propiedad colectiva, presupone elementos que sólo tienen sentido como formas de control de clase. El Estado es una de ellas, que es utilizado excepcionalmente de manera dictatorial para disolver las clases sociales, pero que reproduce el control de clase si se prolonga su existencia. Pero la propiedad estatal tampoco escapa a la crítica de constituir al proletariado (que sólo se define por oposición al capitalista), no como sujeto revolucionario, sino como sujeto de la sociedad “comunista” estatal. En esta sociedad la ley del valor sigue mediando las relaciones sociales y el obrero, el operario, continua siendo un apéndice de los medios de producción, en cuanto sigue siendo víctima de la división del trabajo propia de la industria capitalista cuya finalidad no es la satisfacción de necesidades, sino la rentabilidad del capital. La planificación de la producción elimina el mercado, pero deja intactas las estructuras productivas propias del capitalismo (lo que se llama división técnica del trabajo).
    3. Atendiendo al materialismo, el contexto histórico configura algunos aspectos teóricos y políticos de las diferentes prácticas teóricas y políticas vinculadas al comunismo que hace que ninguno de los discursos sea sagrado en su totalidad. Desde esta perspectiva resulta erroneo suscribir una práctica históricamente condicionada más que como una experiencia histórica que constituya uno de los elementos desde los que construir nuestros análisis. Con esto se pretende superar la guerra de etiquetas que se basa en la suscripción teórica acrítica.
    El movimiento obrero se va debilitando progresivamente, lo que en un momento de crisis como el actual es doblemente alarmante. La intención de las críticas que aquí he dispuesto es contribuir al fortalecimiento de la organización de la clase trabajadora como sujeto revolucionario. Estamos de acuerdo en que uno de los elementos fundamentales es la formación de los cuadros, un ejercicio en el que, por cierto, hemos fracasado estrepitosamente (como prueba el hecho de que a día de hoy sigue siendo habitual que organizaciones que cuentan con mí simpatía continuan haciendo sus formaciones a partir del texto de Politzer). Además, cada partido comunista, con su verdadera ideología de vanguardia, imparte de puertas para adentro su doctrina, evitando disponer de los elementos suficientes para contraponer y elegir, y generando con ello aparentes rivalidades irreconciliables entre organizaciónes donde no tendría que haber más que pequeños desacuerdos. Esto dinamita las posibilidades de analizar adecuadamente la realidad presente (esencialmente capitalista), y de organizarnos sobre un discurso y en un frente comunes. Añado para finalizar que esta crítica no se levanta desde una visión revisionista, que no afirmo nada con rotundidad absoluta, sino que relativizo ciertos aspectos que entiendo que deben cuestionarse atendiendo no sólo al momento histórico, sino también a los resultados en los que naufraga el movimiento obrero, sin sobrepasar para ello las líneas rojas del marxismo. Y repito que la finalidad que se persigue es generar debates en el seno del movimiento obrero para fortalecer la organización de la clase trabajadora.
    Salud.

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