Algunas reflexiones en torno al 9N y la cuestión nacional catalana

Uno de los problemas políticos más sensibles y complejos de cuantos tiene que enfrentar el proletariado revolucionario es, sin duda, la cuestión nacional. Entran en juego, aquí, multitud de factores y fuerzas en mutua contradicción, intereses cruzados, precarios equilibrios de clases o fracciones de clase y, sobre todo, relaciones políticas de opresión con su necesaria contrapartida de lucha por ciertos derechos inalienables.

Además, en el contexto de crisis política del Estado español —propiciada en buena medida por la problemática aquí abordada—, la situación nos impele, a todos los comunistas revolucionarios, a saber tratar la cuestión en litigio desde una perspectiva proletaria e internacionalista. De esta manera, procuraremos hacer aquí un breve análisis de los precedentes, el escenario actual, las perspectivas y, claro está, de la que consideramos es la postura más acorde con los intereses de la reconstitución ideológico-política del Comunismo y la Revolución Proletaria Mundial.

El Estado español y Catalunya

A diferencia de lo que es habitual en la Europa occidental, el Estado español no se ha conformado históricamente bajo el principio del Estado-nación y, por lo tanto, no ha sabido o no ha podido resolver, al menos por ahora, el problema nacional desde criterios genuinamente democrático-burgueses. Esto, como resulta obvio, no es un hecho azaroso sino que tiene profundas y relevantes razones históricas que conviene analizar, aunque sea muy breve y superficialmente, para comprender la situación que tiene lugar en nuestros días.

Las raíces históricas de la moderna configuración del Estado español y su bloque dominante pueden sondearse hasta, más o menos, la mitad del pasado milenio. Desde entonces hasta bien entrado el s.XVIII, eran la monarquía absoluta y la nobleza castellanas las que gozaban del monopolio en la explotación del mercado de las colonias americanas. No obstante esta circunstancia, y dada también la obsoleta economía feudal de Castilla basada en la agricultura y la ganadería, Catalunya goza desde un principio de una incipiente y más desarrollada industria manufacturera, que evoluciona y termina convirtiéndose —concretamente, gracias a la financiación procedente de Castilla—, principalmente, en una moderna y potente industria textil, sólo comparable, en lo que a desarrollo propiamente capitalista se refiere, a la siderurgia y la minería vascas.

Es precisamente a principios del s.XVIII —con los Decretos de Nueva Planta— cuando tiene lugar el intento más ambicioso de la Monarquía Hispánica de unificar y centralizar el mercado estatal español, a la vez que se procura homogeneizar administrativa y culturalmente —sobre todo en el plano lingüístico— al conjunto de los territorios de la Corona, promoviendo la expansión y la oficialidad del castellano como idioma vehicular en perjuicio de, entre otros, el catalán.

Pero la debilidad de la burguesía castellano-española impide una efectiva y profunda unificación, centralización y homogeneización del territorio al estilo Europeo occidental, y la ausencia de un proyecto político tal, audaz, solvente e independiente, queda manifestada en el fiasco de todo intento revolucionario democrático-burgués para liquidar los fuertes remanentes feudales. En este sentido, basta con ver el devenir de, por ejemplo, el final del siglo XIX: el fracaso de la I República, la restauración borbónica de 1874, el desastre colonial de 1898, etc. Para estas fechas, la gran burguesía catalana llevaba ya tiempo beneficiándose de las pingües ganancias que procuraban —hasta entonces— las posesiones coloniales, y la oligarquía financiera catalana —así como la del resto del Estado, destacando también la vasca y su Banco de Bilbao, fundado en 1857— contaba ya con un alto grado de desarrollo.

En tales circunstancias, habiéndose perdido la práctica totalidad del mercado colonial, la robusta burguesía catalana y su industria ligera —aunque también, claro está, la incipiente industria pesada— debieron asegurarse un mercado interior, tanto en el conjunto del Estado español como, evidentemente, en su propio territorio nacional, que restituyera y asegurara su extracción de plusvalía. Es en este mismo sentido en el que la burguesía catalana se empieza a dotar de sus propias organizaciones políticas que tienen como objetivo, fundamentalmente, conquistar una mejor posición política en el seno del Estado para disfrutar de una mayor cuota de mercado y condiciones favorables en su futurible desarrollo.

Nace así la Lliga Regionalista en 1901, como partido político del gran capital catalán —y cuya homóloga en la actualidad es CiU— y pactista por naturaleza. Como se ve, entonces, la estructuración y configuración del moderno Estado burgués español viene patrocinada por, primero, la burguesía castellano-española central y, también, las potentes —y más desarrolladas en un sentido capitalista— burguesías nacionalistas de la periferia, sobre todo la catalana y, por supuesto, la vasca —ésta última a través del Partido Nacionalista Vasco (PNV), constituido seis años antes que la Lliga Regionalista—.

Naturalmente, durante todo el s.XX esa gran burguesía catalana representada por la Lliga no albergaba ninguna veleidad independentista. No sólo gozaba de una integración plena en el Estado español sino que, ciertamente, era —y es— uno de los pilares del bloque dominante. Como se ve, entonces, el Estado imperialista español se configuró y se ha desarrollado como alianza internacional de la gran burguesía, tanto de la central y privilegiada —Castilla-España— como las periféricas —fundamentalmente Catalunya y Euskal Herria—. El peso histórico del independentismo cayó siempre, por razones lógicas, en las capas intermedias de la burguesía nacionalista, como la mediana y la pequeña, siempre descontentas con ese espíritu pactista y acomodado del gran capital catalán.

Pero no nos detengamos más en recapitulaciones históricas e intentemos volver a la situación en nuestros días.

El Procès

El actual procès, impulsado por el bloque soberanista —cuya punta de lanza es, sin duda, ERC—, tiene su razón de ser en la ofensiva central-nacionalista del gobierno del Estado español —siendo sus momentos más significativos la mutilación del Estatut d’Autonomia por parte del Tribunal Constitucional (2010) y la desestimación por parte del Gobierno central de la propuesta de reforma fiscal aprobada por el Parlament (2012)—, todo ello con el telón de fondo compuesto por la crisis económica y la reorganización del reparto de la plusvalía que pretende —y está consiguiendo— la oligarquía financiera.

Desde este momento, y ante la cerrazón del Gobierno español, las fuerzas soberanistas cambian de estrategia. Además, como resultado de la negativa del Estado a toda negociación, reforma o concesión, crece y se desarrolla también un potente movimiento de masas —cabe señalar aquí la multitudinaria manifestación del 10 de Julio de 2010 o las sucesivas diadas, en cada ocasión más masivas—. Es en este contexto en el que CiU, apoyada por ERC e ICV-EUiA lanza la propuesta de la consulta de autodeterminación —que poco después se concretaría para 20141—, como expresión del relativo equilibrio2 al que llegan tras bascular los intereses del gran capital representado en CíU —ansioso por usar el movimiento nacional catalán como medida de presión para el Estado central—, el movimiento de masas que trasciende estos espurios intereses y ERC como ariete independentista de las capas intermedias de la burguesía nacionalista.

Como resulta obvio, cada una de las fuerzas políticas que participan del proceso lo hacen de manera diferente, atendiendo a sus intereses objetivos de (fracción de) clase. De esta manera, conviene realizar un breve repaso de las diversas intenciones con las que cada uno de los partidos del bloque soberanista pone en dicho procès todos sus esfuerzos.

Como hemos introducido anteriormente, la punta de lanza del movimiento nacional catalán es ERC. Esto parecería entrar en contradicción con una realidad en la que es CiU la cabeza visible y directora de la orquesta. No obstante consideramos que precisamente en esta pugna reside buena parte del sentido del procès: su contradicción principal interna —la que existe entre Catalunya y el Estado español es, a este respecto, externa— es la que tiene como extremos a la gran burguesía catalana, unionista —como hemos definido antes, pactista— de forma más explícita o implícita, y la mediana-pequeña burguesía independentista, que amenaza seriamente con desbordar los contornos dibujados por Mas.

En otras palabras, CiU, como partido puente entre parte del gran capital catalán —no sólo integrado a la perfección en el Estado español, sino, insistimos, uno de sus pilares fundamentales— y parte del capital medio de la misma nación, tiene que hacer serios equilibrios con su socio de gobierno, ERC, al ser éste representante de los sectores abiertamente independentistas de esa burguesía media y los moderados de la pequeña. Estos, como es natural —y al no gozar de la posición que quisieran en el seno del Estado español, pues quedan fuera de su bloque dominante—, cifran sus intereses en la creación de una República Catalana que les asegurara, esta vez sí, una mejor posición política en el seno de su Estado y, claro está, una mayor cuota de mercado, lo que se traduce en una mayor acaparación de plusvalía.

Por otro lado, el último de los originales impulsores de la consulta, ICV-EUiA, como representante político de algunos segmentos de la mediana-pequeña burguesía y, también, algunos de la aristocracia obrera, apuesta por el a la primera pregunta —referente a si Catalunya debe ser un Estado— y deja libertad de voto para la segunda —que interroga sobre la independencia de ese hipotético Estado catalán—, en coherencia general con el proyecto federal de IU a nivel estatal.

Por último, ya en el marco de la llamada Esquerra Independentista, encontramos diferenciadas tres alas fundamentales: una derecha representada en el MDT, una izquierda manifestada en Arran y Endavant, y otra centrista en la CUP. Todas estas fuerzas representan, a grandes rasgos, a diferentes sectores de la pequeña burguesía y la aristocracia obrera radicalizadas e independentistas.

Naturalmente, ninguna de las fuerzas aquí referidas son bloques herméticos, estáticos e invariables; sus posiciones fluctúan, representan tendencias contradictorias, están en desarrollo constante, etc. En este sentido, será útil apuntar cómo, por ejemplo, considerables sectores de la mediana burguesía representada en CiU están protagonizando una fuga hacia ERC, dadas las contradicciones internas —de ahí precisamente la tensión entre Unió (UDC) y Convergencia (CDC)— de la primera entre los intereses del gran capital abiertamente conservador, que usa a CiU como vehículo a través del cual canalizar su presión al Estado español, y los intereses de aquellos susodichos segmentos del capital medio. Asimismo, no sólo los partidos políticos tienen vela en este entierro: fuerzas favorables a la consulta —ya sea de manera timorata y legalista o democrática y desafiante— y/o a la independencia, desde la Assemblea Nacional Catalana hasta CC.OO., pasando por el Foment del Treball, el Cercle Català de Negocis u otras organizaciones cívicas, empresariales o sindicales, tienen también un importante papel que jugar en la representación de intereses de las diferentes fracciones de la burguesía catalana.

Como se puede comprobar tras el escueto análisis arriba referido, el puzzle del bloque soberanista y, en un sentido más amplio, del movimiento nacionalista catalán es complejo, entrecruzado, dinámico, contradictorio y, sobre todo, masivo. El devenir del mismo, la vía que finalmente triunfe sobre las demás —ya sea en un sentido independentista o reeditando pactos entre Barcelona y Madrid— dependerá, principalmente, de la correlación de fuerzas entre los diversos sectores de la sociedad catalana, sus desplazamientos y las decisiones políticas de sus representantes.

No obstante, antes de exponer nuestro posicionamiento político respecto al 9N, realizaremos un somero repaso del nefasto tratamiento que, en general, hace el revisionismo de esta cita consultiva.

El revisionismo y el 9N

Tal y como podemos comprobar día tras día, en los asuntos políticos de mayor relevancia —que obligan a las organizaciones autoproclamadas comunistas a adoptar posiciones claras y concretas, trascendiendo la repetición huera de consignas abstractas—, el revisionismo se muestra incapaz de abrazar posturas mínimamente coherentes con esos principios que dice defender. En esta ocasión, en torno a la consulta de independencia del 9N, tenemos un ejemplo más de cómo los destacamentos revisionistas se alinean con una u otra fracción burguesa en pugna, principalmente —lo que reviste cierta gravedad— con la burguesía nacionalista española3.

Empezaremos por el referente por antonomasia del revisionismo del Estado español: el PCPE y su sección territorial catalana, el PCPC. Ésta última, ya a finales del pasado septiembre, hizo pública una resolución de su Conferencia Nacional con su posicionamiento ante el procès y la consulta. Aun reconociendo de palabra el derecho de autodeterminación nacional como algo inalienable —incluida la opción de la separación estatal, es decir, de la independencia—, su declaración es contundente: llaman a introducir papeletas manifestando el rechazo del proyecto imperialista de la UE y la OTAN4. En otras palabras: llaman simple y llanamente al voto nulo. Esto implica, de facto, su oposición a un verdadero ejercicio de autodeterminación por parte del pueblo catalán, pues supone la alegre afirmación pasiva de unas fronteras y un modelo de Estado opresivo para con una nación subordinada, conservando aquellos privilegios —el primero y más obvio, la posesión de un Estado propio, cosa que se le niega de partida a Catalunya— de que goza la nación opresora, España.

Pero, como es usual, el PCPE no está solo, tampoco en esta ocasión, en tamaña reaccionaria empresa. De entre las posiciones erróneas respecto a la consulta del 9N, destaca de forma obvia y verdaderamente sangrante la de Reconstrucción Comunista (RC). Como no podía ser de otra manera, RC manifiesta verbalmente —en aras de mostrar un respeto formal por los principios teóricos básicos que de nada sirve a la hora de la verdad— su oposición al españolismo y su desvinculación del Imperialismo. Ello no parece suponer un obstáculo para declarar de manera rotunda —en relación a la consulta del 9N— que «desde Reconstrucción Comunista» entienden, «como marxistas-leninistas, que toda acción que enajene y debilite a la clase obrera debe ser boicoteada (sic!)»5. ¡Que sean cautelosos los comunistas de RC! Quién sabe si, en el desarrollo de ese boicot a la consulta de autodeterminación, se encontrarán haciendo frente común, naturalmente de forma involuntaria, con los grupos fascistas españolistas —suponemos que no es esto precisamente lo que desean nuestros antifascistas militantes, ¿no?—, a los que también les parece este ejercicio democrático una enajenación y un debilitamiento. Sólo que aquéllos, en vez de por la unidad de la clase obrera —unida coercitivamente en un Estado español que se revela como opresor para varios millones de catalanes—, temen por la unidad de España. En la práctica, el resultado es el mismo: por una u otra razón, se le deniega a Catalunya el derecho de separarse de la nación que la sojuzga.

Haremos también una breve mención al caso del PCOE y su partido hermano catalán, el PCOC. Aunque consideramos que la posición del primero es esencialmente correcta —se reconoce el derecho de autodeterminación y se reclama que los resultados de la consulta sean vinculantes—, percibimos, en ambos, limitaciones y concepciones erróneas que comparten con otras fuerzas revisionistas. Por ejemplo, el PCOC declara que «el derecho a la autodeterminación de Cataluña -a su separación política-, en plena etapa imperialista, sólo podrá ser una realidad práctica cuando se ligue indisolublemente a la conquista del socialismo, a la victoria de las fuerzas proletarias y populares de las diferentes naciones del Estado»6. Asimismo, «el PCOE hace un llamamiento a los trabajadores de Catalunya para que luche por la autodeterminación de su nación, incluida la independencia si así lo desea, pero a la vez, le exhortamos a que se una a la lucha de los trabajadores del resto del Estado para derribar el capitalismo, sin lo cual no es posible el reconocimiento de la identidad de los pueblos»7.

Esta argumentación revela deficiencias de fondo compartidas en lo esencial por la práctica totalidad del espectro del revisionismo8, que se pueden identificar con lo que Lenin denominaba como el economismo imperialista. Veamos cómo lo definía el revolucionario ruso, en comparación con el economismo preimperialista:

«El viejo “economismo”, el de 1894 a 1902, razonaba así. Los populistas han sido refutados. El capitalismo ha triunfado en Rusia. Por consiguiente, no hay que pensar en revoluciones políticas. Deducción práctica: O “a los obreros, la lucha económica; a los liberales, la lucha política”. Es un escarceo a la derecha. O, en vez de la revolución política, la huelga general para la revolución socialista. Es un escarceo a la izquierda, representado por un folleto, hoy olvidado, de un “economista” ruso de fines de la década del 90.

Ahora nace un nuevo “economismo”, que razona con dos escarceos análogos. “A la derecha”: estamos en contra del “derecho a la autodeterminación” (es decir, en contra de la liberación de los pueblos oprimidos, en contra de la lucha contra las anexiones: esto no se ha pensado todavía hasta el fin o no se da dicho hasta el fin). “A la izquierda”: estamos en contra del programa mínimo (es decir, en contra de la lucha por las reformas y por la democracia), pues esto “contradice” la revolución socialista9

Y ahondando un poco más en ese escarceo a la izquierda:

«Como el socialismo creará la base económica para suprimir la opresión nacional en la política, por eso, ¡nuestro autor no desea formular nuestras tareas políticas en este terreno ¡Es sencillamente curioso!»10

Como puede comprobarse, el revisionismo contemporáneo combina indistintamente ambas desviaciones —¡no en vano derechismo e “izquierdismo” son dos caras de la misma moneda!—. Además, a esta argumentación se le suma siempre el complemento luxemburguista —muy visible, por ejemplo, en la resolución del PCPC—; en suma, el razonamiento revisionista estándar sería algo similar a lo siguiente: como la independencia política de Catalunya no puede suponer, ahora, su independencia económica del capitalismo internacional —UE, FMI, etc.—, su separación estatal es una bagatela burguesa que el proletariado debe evitar. En su lugar, hay que esperar a la revolución socialista para que esa independencia sea real, completa y anticapitalista. Pero, a su vez, y como en el socialismo no hay opresión alguna, la secesión carece de sentido o se admite sólo en su versión (con)federal.

Naturalmente, todo este sofisma es engañoso y nada tiene que ver con el marxismo. En realidad —y esto es algo que se olvida con demasiada frecuencia—, la autodeterminación nacional es un problema de carácter democrático-burgués que, a priori, puede ser perfectamente resuelto en los confines del capitalismo. Es decir, la opresión nacional se resuelve con democracia e igualdad entre naciones, sin que tenga que mediar obligatoriamente la revolución socialista. El proletariado revolucionario sólo hereda esta contradicción como genuinamente propia allí donde la burguesía no ha sido capaz de solucionarla. Por lo mismo, y en coherencia con el marxismo, conviene insistir en que la tarea histórica del proletariado revolucionario no es desarrollar positivamente a la nación ni despertar a las que estén en progresiva desaparición: su deber universal es, precisamente, la superación de la división nacional del proletariado —es decir, de la humanidad— y su fusión en un único crisol mundial, el Comunismo11.

No obstante lo apuntado anteriormente, los comunistas debemos incidir, en la medida de nuestras posibilidades, en todos los eventos de la vida política desde una perspectiva propia e independiente. Y la opresión de Catalunya, así como su futuro inmediato, es un problema lo suficientemente relevante como para que también nosotros adoptemos una posición concreta. Y es que la reconstitución no se desarrolla al margen de la gran lucha de clases ni de los acontecimientos políticos de magnitud; al contrario, también a través de estos —y siempre desde posiciones de independencia ideológico-política—, es decir, tratándolos como mediación, los inscribimos en nuestra táctica-plan de manera que coadyuven al desarrollo y profundización del Balance en lucha de dos líneas, de nuestra línea de masas —hegemonización de la vanguardia teórica— y de la construcción de cuadros revolucionarios.

Nuestro posicionamiento en torno al 9N

Como hemos señalado poco más arriba, el problema nacional, su resolución en términos de igualdad nacional y ausencia de privilegios, es una cuestión democrático-burguesa susceptible de ser resuelta dentro del capitalismo y también en su fase imperialista. Reconocer esta verdad es fundamental para poder adoptar una postura correcta. De esta manera, es el deber de los revolucionarios enfocar dicha problemática desde el marxismo, es decir, desde la perspectiva del proletariado revolucionario. En otras palabras, hemos de subordinar el problema nacional a los intereses de la revolución socialista, lo que en nuestros días toma la forma de Movimiento por la Reconstitución.

En el mismo sentido, tenemos que ser sinceros y realistas. Por esperanzador que se muestre el progresivo afianzamiento de la Línea de Reconstitución como referencia entre cada vez más círculos de la vanguardia teórica, aún queda todo por hacer: la incidencia real del comunismo revolucionario está lejos de poder cambiar el desarrollo de los acontecimientos de la gran política, de la lucha de clases a escala social, de masas. Por lo tanto, aquí no hay abstracciones ni hueras declaraciones de principios que valgan: la autodeterminación de Catalunya es un tema que está sobre el tapete, y no existe un movimiento revolucionario efectivo que pueda ejecutar el deseo de las masas catalanas de forma completamente antagónica a la burguesía, es decir, frontalmente contra ella.

En este contexto nuestra posición es clara: apoyamos sin reservas la consulta12 de autodeterminación del día 9 de Noviembre y la participación de pueblo catalán en ella, como expresión de su voluntad y ejercicio democrático. Además, mientras redactamos estas líneas, el Tribunal Constitucional español ha suspendido por segunda vez la consulta, admitiendo a trámite el recurso del Gobierno Central. Es ésta una razón más para impulsar la participación. Por lo tanto, denunciamos también, con vehemencia, la ofensiva central-españolista del Estado, que niega a Catalunya derechos nacionales básicos asumibles en principio por cualquier democracia burguesa. Así las cosas, la propia celebración de la consulta y la participación en la misma suponen un desafío, un desbordamiento y la ruptura —por limitada que pueda ser— de la legalidad burguesa vigente.

En el terreno concreto de la opción de voto que consideramos más apropiada para este 9N, y desde el punto de vista de la revolución, apoyamos la independencia de la nación catalana —es decir, el #SíSí— como la vía más radical de cuantas son hoy materialmente posibles para resolver el conflicto nacional. A su vez, como es obvio, reconoceremos el resultado de las votaciones y exigimos la aplicación —es decir, la vinculación— del deseo del pueblo de Catalunya, o sea, su interpretación como mandato en un sentido político.

De la misma manera, denunciamos la inconsistencia de la burguesía catalana —especialmente de CiU, que ha ido rebajando, en simbiosis con el Gobierno Central, el estatus de la consulta, desde el primigenio referéndum no vinculante hasta la jornada participativa— al intentar instrumentalizar la voluntad de su pueblo en su pugna interburguesa con el gran capital centralista español.

Naturalmente, este apoyo es condicional, temporal y relativo, y es válido para unas circunstancias concretas dadas. La fracción revolucionaria de la clase —actualmente circunscrita a la vanguardia teórica marxista-leninista— ha de preservar su independencia ideológica y política. En consecuencia, aun apoyando la separación estatal de Catalunya y la creación de un Estado propio, nos mostramos rotundamente en contra de cualquier hipotético privilegio nacional al que pudiera aspirar la burguesía catalana. Asimismo, y en aras de evitar el mercadeo parlamentario-electoralista en clave plesbiscitaria —y habiendo insistido en el carácter de mandato político que habrá de revestir el resultado de la consulta— llamamos al boicot de las próximas elecciones al Parlament, sean o no anticipadas, tal y como haremos para con las del Parlamento central. Igualmente, y al menos mientras el Estado español sea plurinacional, no sólo no renunciamos sino que apostamos decididamente por la unión internacional del proletariado revolucionario, rechazando la tesis nacionalista del marco de actuación y adscribiéndonos al principio de una Clase, un Estado, un Partido13.

Precisamente ese objetivo es uno de los que nos lleva a apoyar la independencia de Catalunya. Como sabemos, es imposible la fusión internacionalista del proletariado si ésta no nace del reconocimiento de la autodeterminación de las naciones oprimidas por parte del proletariado de la nación opresora, lo que implica la renuncia a cualquier privilegio nacional —reconocimiento del derecho a la separación estatal, igualdad de derechos nacionales en el terreno lingüístico y cultural, etc.— y, por otro lado, es la única base sólida sobre la que poder construir una profunda confianza y fraternidad entre los obreros de la nación opresora y los de las naciones oprimidas. En otras palabras, la unidad internacional del proletariado sólo se puede lograr desde el principio de igualdad y voluntariedad.

Además, hay otras razones que nos llevan a considerar la independencia de Catalunya como una buena ayuda —teniendo siempre en mente que lo determinante será el elemento subjetivo y práctico-crítico—, si se nos permite la expresión, a la revolución proletaria, más allá de la supresión de la opresión nacional que, por cierto, sufre no sólo la burguesía sino también el proletariado catalán.

En primer lugar, esta circunstancia agravaría la ya de por sí profunda crisis política del Estado español —alimentada esencialmente por el desafío soberanista, además del telón de fondo de la crisis económica, la de representatividad y la de las instituciones del Estado, la pública y notoria corrupción, la penosa gestión del virus del ébola, etc.—, abonando el terreno sobre el que nos movemos y en el que tenemos que sembrar la alternativa de la revolución como horizonte necesario y plausible.

Después, la separación estatal de la nación catalana podría exacerbar —hablamos aquí sólo de una posibilidad, cuya materialización depende de múltiples factores que ahora mismo escapan a nuestro alcance— las contradicciones interburguesas internacionales, especialmente las del bloque imperialista al que pertenece el Estado español —la Unión Europea—, y el Imperialismo occidental en general, dificultando su intervención —económica, política, militar, etc.— en otros puntos del globo.

También, y como ya hemos señalado anteriormente, apostando por la independencia demostramos el respeto que tenemos —absolutamente ninguno— por el nacionalismo y chovinismo españolista y las fronteras coercitivas, coadyuvando al desarrollo de la confianza internacionalista del proletariado que vive, aún, bajo el yugo —socioeconómico y, también, nacional— del Estado español, atenuando los mutuos prejuicios de los obreros de las respectivas naciones y educando a los proletarios españoles en un espíritu de igualdad nacional y ausencia de privilegios, condición sine qua non para su unión con sus hermanos catalanes, vascos o gallegos.

En estrecha relación con esto último, saludamos efusivamente el magnífico documento-presentación de los camaradas de Balanç i Revolució14 (BiR), el cual consideramos como un soberbio ejemplo, muestra y señal de cuál es el camino hacia la articulación de un movimiento político revolucionario e internacionalista en el Estado español. Como expresaba Lenin, el deber del proletariado de las nación opresora era poner el énfasis en el derecho de separación de las naciones oprimidas; por el contrario, la tarea del de la nación oprimida era incidir especialmente en la necesidad de unión internacional, libre y voluntaria, del proletariado. Es, por tanto, una genial muestra de salud de nuestro movimiento esta notoria complementariedad entre los destacamentos revolucionarios de sendas naciones.

¡Sin autodeterminación no hay democracia!

¡Ninguna opresión, ningún privilegio nacional!

¡Por la unidad internacionalista del proletariado!

Nueva Praxis

Madrid, 6 de Octubre de 2014

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1http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/12/18/catalunya/1355821961_967807.html

2http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/09/26/catalunya/1348651881_550302.html

3Como resulta obvio, también se da, en el MCEE, la desviación opuesta: esa que, absolutizando el derecho de separación estatal, hace de ese aspecto el punto de partida de su política, dejando la cuestión genuinamente clasista —la revolución proletaria— en un segundo y subordinado plano, es decir, cayendo en el barranco del nacionalismo; no obstante, no hemos creído necesario insistir demasiado en este aspecto, aunque sí lo mencionamos para evitar malentendidos fortuitos o tergiversaciones malintencionadas de nuestra postura.

4. Resolución de la Conferencia Nacional del PCPC sobre la cuestión nacional. Las negritas son nuestras. http://pcpe.es/index.php/territorios/catalunya/item/2147483693-resolucion-de-la-conferencia-nacional-del-pcpc-pcpe-sobre-la-cuestion-nacional

5. Sobre el 9N en Catalunya http://blog.reconstruccioncomunista.org/2014/09/sobre-el-9n-en-catalunya_16.html

6. Sobre la consulta pel dret a decidir a Catalunya. http://pcoc.es/actualitat/comunicats/175-sobre-la-consulta-pel-dret-a-decidir-a-catalunya

7. Catalunya en la hora crucial. Las negritas son nuestras. http://www.pcoe.net/actualidad1/actualidad-nacional/587-catalunya-en-la-hora-crucial

8. Similares errores comete, por ejemplo, el FRPC, aunque desde posiciones independentistas. «El socialisme és l’únic sistema polític que garanteix la lliure autodeterminació dels pobles i la seva independència, mantenint sempre la relació amb els altres pobles i treballant per la materialització dels seus drets des d’una òptica internacionalista. Dins un sistema capitalista, el poble oprimit estarà sempre lligat i subordinat obligatòriament al seu Estat opressor.» http://frpc.bl.ee/nacional/comunicat-davant-la-suspensio-de-la-consulta-del-9-de-novembre-per-part-del-tc/

9. Acerca de la naciente tendencia del economismo imperialista.http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/8-1916.htm

10. Ibídem.

11. Como se desprende de lo apuntado, dentro de esta tarea histórico-universal queda comprendida la lucha concreta contra todo tipo de opresión o sumisión de unas naciones por otras.

12. Vale la pena reseñar que la consulta, el proceso participativo —o llámesele como se quiera—, está lejos de ser un verdadero referéndum de autodeterminación. No obstante, y dado nuestro poco apego a las formalidades jurídicas, consideramos que lo relevante del asunto es la posibilidad que ofrece a las masas catalanas de expresar su deseo concreto respecto a un tema particular y de forma directa e inmediata, y de ahí nuestra posición de interpretar el resultado emanado como imperativo político.

13. Como todo principio estratégico general,éste debe ser aplicado en función de elementos tácticos concretos. Por esto, la unión internacional del proletariado puede —y, en última instancia, debe— pasar también por encima de las fronteras de la burguesía.

14. Texto disponible en nuestro blog, en la sección de Documentos de otras organizaciones. https://nuevapraxis.wordpress.com/documentos-de-otras-organizaciones/

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