La Iniciativa hacia el centrismo

El centrismo es un concepto político. Su ideología es la ideología de la adaptación, la ideología de la supeditación de los intereses proletarios a los intereses de la pequeña burguesía dentro de un partido común. Esta ideología es extraña, ajena al leninismo.”

I. Stalin

¿Cuál es, aparentemente, la característica principal de esta práctica? Cierta hostilidad para con la “teoría”. Esto es natural, puesto que nuestra “teoría”, es decir, los principios del socialismo científico, imponen limitaciones claramente definidas a la actividad práctica: en lo que hace a los objetivos de dicha actividad, los medios para alcanzar dichos objetivos y el método empleado en dicha actividad. Es bastante natural que la gente que persigue resultados “prácticos” inmediatos quiera liberarse de tales limitaciones e independizar su práctica de nuestra “teoría”.”

R. Luxemburgo

 

Hace algo más de seis meses desde que nuestra organización decidió incidir críticamente1 en el devenir del destacamento de vanguardia Iniciativa Comunista (IC). Como ya dijimos en su momento, lo hicimos al considerar que, a pesar de la posición de extrema derecha que ostentaba IC en el seno del Movimiento Comunista del Estado español, reunía las condiciones necesarias para que, en su seno, se desarrollara exitosamente la lucha de dos líneas. Hoy podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que estábamos en lo cierto.

En nuestro documento de salutación crítica a su IV Congreso establecíamos que, como resultado del mismo, existían sólo dos posibilidades fundamentales y pretendidamente antagónicas: o la reformulación del programa bajo un nuevo barniz algo menos derechista —en consonancia con los programas de PCPE o PCOE, que responden a una leve radicalización, correlativa a la crisis, de los sectores más desplazados de la aristocracia obrera— pero igualmente conciliador, o bien el desate inmisericorde de la lucha de dos líneas. El lector inteligente habrá podido notar, quizá con cierta sorpresa, que en nuestro anterior documento dirigido a IC no concretábamos las formas específicas en que debía expresarse esa lucha ideológica que deseábamos espolear. Ciertamente, nuestro escrito estaba deliberadamente envuelto en cierta indeterminación a ese respecto. Nuestra intención, además declarada, era esencialmente motivar la reflexión de los elementos más inquietos de aquella organización en aras de su progresiva maduración ideológico-política. Así las cosas, a nivel táctico no era útil proponer la ruptura inmediata con el revisionismo, dado que todo lo que había en IC eran poco más que brotes rojos que, aun orientados en la correcta dirección, debían todavía desarrollarse para dotarse de una capacidad mayor de incidencia. Por esto, de manera consciente, no habíamos señalado la opción más probable e intermedia, ésta que efectivamente ha tenido lugar: la conciliación entre las dos líneas opuestas tras haberse desatado, al menos relativamente, la lucha entre ellas. Créase así una nueva base más propicia sobre la que incidir positivamente y en un sentido revolucionario; éste escrito cierra un ciclo de crítica-unidad-crítica que tendremos que ver cómo —o, mejor, a qué ritmo— continúa.

Así pues, a principios de este 2015 aparecían los esperados documentos congresuales de la novísima IC. Aquéllos no hacen sino manifestar la justeza de nuestros análisis pretéritos, y son la expresión, también, de la profunda —e incluso subterránea o velada— influencia que nuestro artículo crítico tuvo en esa organización. A día de hoy, aquellos brotes rojos parecen ser ya densos matorrales que empiezan a rodear a los viejos árboles, comienzan a cuestionar el reparto de luz solar referenciándose como línea alternativa, y luchan soterradamente al nivel de las raíces — ideológicas— para asimilar más y mejor los nutrientes aportados por el sustrato del pasado Ciclo. Nuestros jóvenes brotes pugnan, algo ingenuamente todavía, por que IC refleje también los intereses del proletariado revolucionario. Los viejos árboles —que terminarán cayendo— creen que cediendo ahora algunos palmos de terreno, pero conservando su hegemonía, lograrán mantener indefinidamente el statu quo de su microclima revisionista. Y puede que así sea, al menos durante algún tiempo. Por esto les identificamos como tendentes hacia el centrismo y no asentadamente centristas —como sí es el caso del FRML— , pues IC ha dado sólo un primer paso hacia la mutilación del potencial revolucionario de muchos de sus cuadros; es nuestra intención hacer imposible que den el segundo.

Dado este contexto, les adelantaremos los acontecimientos que, con toda probabilidad, tendrán lugar en un futuro próximo: el ala izquierda de su organización, en progresiva maduración ideológico-política, les hará ceder —al ala derecha— cada vez más pulgadas de terreno para que puedan sostener ese equilibrio relativo de fuerzas; en un precioso desenvolvimiento dialéctico, estas nuevas y oportunistas concesiones coadyuvarán recíprocamente al agravamiento de las contradicciones internas ya palpables en el seno de IC, haciéndose cada vez más obvia, para ambos púgiles en litigio, la incompatibilidad de posicionamientos ideológicos y proyectos políticos; finalmente, cuando los brotes rojos sean ya vigorosos árboles, estos comprenderán el antagonismo existente entre ellos y los viejos, la inviabilidad de compartir el mismo suelo y la necesidad de emanciparse de la tutela revisionista, lanzándose así a generar para sí una vida ideológica y política independiente y revolucionaria. Y no es que seamos videntes ni deterministas: las condiciones para este desenvolvimiento ya están dadas, y las fuerzas de la revolución procurarán asistirlo con diligencia.

Palabras nuevas para principios viejos

Por transgresor que le pudiera parecer a alguien este IV Congreso de IC, trataremos de demostrar que, en lo esencial, mantiene lo peor del espíritu de los documentos del tercero, ahora envuelto en una retórica oportunista a más no poder. Así, una de las principales críticas que ya vertimos sobre este destacamento era la que aludía al materialismo vulgar que profesaban, lo cual se reflejaba también en sus viejos principios ideológicos. En ellos decían asumir el materialismo sans phrase, es decir, a secas. Se ve que han tomado buena nota de aquello y, en su nueva línea ideológica, dicen reconocer “como propio el análisis filosófico-práctico y la metodología científica del marxismo, con el materialismo dialéctico e histórico como herramientas fundamentales para la comprensión y transformación del mundo2.

Una gran declaración de intenciones, no cabe duda. Substituir el materialismo vulgar por el dialéctico e histórico es un gran primer paso, por tarde que lo den. Lamentablemente, como iremos viendo, este loable deseo se queda en letra muerta cuando intentan aplicarlo en lo concreto, pues, como dicen ellos mismos en otro lugar, hay quienes “suelen confundir el autodenominarse como algo3 con serlo real y efectivamente.

Pero, si postulamos que la esencia de este nuevo Congreso es la misma que la del anterior, ¿dónde reside el viraje centrista de Iniciativa Comunista? Fundamentalmente, en cómo manosean dos ideas centrales que la Línea de Reconstitución ha introducido en el MCEe: primero, la de la reconstitución del Partido Comunista; segundo, la del Balance. Abordaremos el problema del Partido en el siguiente apartado, pero ¿qué hay del Balance?

Este concepto es siempre el más problemático para el revisionismo que intenta coquetear con la reconstitución, e IC no podía ser menos a este respecto. De hecho sólo menciona esta palabra un par de veces en las más de 40 páginas que tienen sus documentos. Y, cuando lo hace, le da un sentido tergiversado y oportunista. Asimilan indiscriminadamente el Balance a la autocrítica, por lo que aquél es vaciado de contenido y se convierte en poco más que un estado mental, una actitud saludable, y en ningún caso constituye para ellos una tarea esencial con entidad propia y que debe ser ejecutada bajo un plan político concreto. Advertíamos al principio de que las pretensiones dialécticas de IC eran sólo una declaración y no una realidad; comprobamos esto de manera ostensible cuando vemos cómo se resume su idea de Balance:

Asumimos como propia toda la historia del socialismo científico y del movimiento obrero desde una perspectiva autocrítica, intentando distinguir entre los errores o aciertos del movimiento comunista y revolucionario internacional.”4

Queda patente que no han comprendido ni una palabra de este importante problema que enfrenta el Comunismo revolucionario. Reemplazando la comprensión dialéctica del mundo por otra positivista, postulan que todo lo que tiene que hacer nuestra clase es repensar su recorrido histórico. No para reconstituir su ideología y dotar a la revolución de un nuevo punto de partida universal, sino para encontrar los fallos concretos que desviaron el supuestamente lineal curso del pasado Ciclo revolucionario. Por desgracia para ellos, la historia no se articula de esta manera tan pueril. Algo que precisamente nos enseña esa dialéctica que dicen asumir, es que cada cosa se puede convertir en su contrario: así, todo lo que en un momento dado fueron aciertos —es decir, actuaciones subjetivas que se correspondían con las posibilidades objetivas de desarrollo existentes— bien pueden constituir hoy decisiones reaccionarias; asimismo, elementos que durante el Ciclo pasado representaban poco más que quimeras —o errores, en el lenguaje simplista de IC— quizá sean en nuestros días necesidades insoslayables. Por poner sólo un ejemplo, podríamos hablar del modelo de constitución partidaria que reinó durante el s.XX. De cuantos Partidos proletarios de Nuevo Tipo vio nacer la Komintern, sólo el padre de ésta, el Partido bolchevique, se fraguó durante años inmerso en la lucha de dos líneas. La práctica totalidad de los demás se conformaron mediante la reunión del ala izquierda de la socialdemocracia en torno a los 21 puntos de la Komintern. Este paradigma de constitución, necesario desde el punto de vista histórico —acertado desde el de IC—, sería impensable, imposible y reaccionario a día de hoy. En el sentido contrario, una postura que, con el Ciclo en marcha y con el marxismo como teoría de vanguardia, se quisiera concentrar en problemáticas de índole ideológica, dejando de lado la conquista de las amplias masas, no se habría correspondido con las necesidades de la revolución en ese momento; en cambio, en nuestros días, es totalmente ineludible este momento principal aunque no exclusivamente teórico, y lanzarse a la conquista de las amplias masas sin ideología reconstituida —como hace IC, por cierto— es absurdo, contrarrevolucionario y manifiestamente inútil. Como vemos, pues, la intrincada dialéctica histórica es inaprensible desde las categorías positivistas de acierto y error; suponen una ruptura de partida con el marxismo, y no hacen sino embrollar el problema del Balance, mucho más rico y complejo que esta vulgar y superflua interpretación. Terminan, de este modo, rubricando una “aceptación dogmática de cuerpos teóricos entendidos como un todo finalizado que “sólo” debe de ser reimplementado5 correctamente; concepción ésta que, por cierto, se habían preocupado de rechazar explícitamente. Ya vemos que absolutamente en vano.

Además, por poner la puntilla a esta refutación, podemos señalar el interesado uso que, en lo particular, hacen del vocablo “balance”. Lo aplican sólo a dos problemáticas: por un lado, al papel de los Partidos Comunistas en occidente. Sus inquietudes a este respecto tienen sólo un sentido: como representantes políticos de facciones desplazadas de la aristocracia obrera, reprochan a sus antecesores su deriva parlamentarista. Así, toda su radicalidad se transmuta en un reformismo antiinstitucional, en una divertida pataleta política, pues representan la “oposición extrema” democrática pero extraparlamentaria6. Reproducen así una tendencia menchevique que ya denunció Lenin en su Dos tácticas de la socialdemocracia rusa: sólo que los mencheviques, aunque equivocados, estaban armados y en medio de una situación revolucionaria; IC, que está muy lejos de ser parte de una revolución, sólo aspira realmente a democratizar el Estado imperialista armado con su atemorizador sindicalismo “de clase y combativo” y todo el espontaneísmo que se pueda echar sobre la espalda. Por otro lado, hablan de balance también en lo concerniente a la emancipación de la mujer. Así, habiendo declarado pretender analizar “desde una perspectiva marxista de todos los tipos de opresión estructural7 —¡ojalá fuera esto algo más que un bonito eslogan!—, tampoco nos sorprende que ya en la primera página de sus documentos congresuales integren el feminismo “de clase” y, después, de la “perspectiva de género” como parte de su cosmovisión. ¡Qué sencillo es todo para el revisionismo! Sindicalismo, feminismo… ¿para cuándo un nacionalismo también “de clase”8? En definitiva, hay una cosa clara: sólo hablan de balance para renunciar, una vez más, al marxismo y a su reconstitución, liquidándolo de facto al incorporar en él, como si de complementos se tratara, posiciones ideológicas de otras clases. Como ya señalamos en el primer documento contra IC, su particularismo epistemológico, esto es, su fragmentación ideológica y la yuxtaposición de tales piezas sueltas, vienen dadas por la heterogeneidad de su militancia9. Lo que, naturalmente, es producto de —y se traduce en— un quehacer político tan gráfico como triste: IC está en todos los frentes abiertos por las clases no proletarias sin poder representar nada —y a casi nadie— en ellos; por lo mismo, esta organización es más un frente de “masas” —el punto de encuentro de diversas corrientes democráticas (y democratistas) que pretenden hacerse fuertes en su conjunción— que un destacamento comunista al uso, que intenta incidir con una línea política propia aunque sea revisionista. De esta manera, como ya hacían en su III Congreso, interpretan el marxismo como guía para la acción, en tanto marco o circunferencia que debe ser llenada de contenido con las diferentes y exclusivistas esferas teóricas —del feminismo al antifascismo, pasando por el nacionalismo, el republicanismo y el “antiimperialismo”— que, de manera natural y espontánea, genera el capitalismo día tras día como elementos que lo autorregulan y reforman.

No obstante, volviendo a una visión más genérica de la necesidad del Balance, en un tímido momento de relativa lucidez postulan que “es importante explicitar que rechazamos cualquier análisis superficial o que asigne el grueso de las responsabilidades a agentes externos y no al propio movimiento del proyecto comunista. ”10

Es una verdadera lástima que, abrumados por las implicaciones que tendría desarrollar la tesis anterior hasta su extremo —y en clara alusión al Movimiento por la Reconstitución aunque no se atrevan a mentarlo—, dicen lo siguiente:

Aquellos/as que ven como absolutamente central el derrumbe ideológico, separado de sus causas y contexto histórico, suelen caer en un teoricismo que se mira el ombligo de manera permanente. Pretenden superar en el plano de lo ideal contradicciones que también, o sobre todo, existen en el mundo material. ”11

¿En qué quedamos, compañeros/as? ¿Son o no son los factores internos, intrínsecos al Comunismo, los que determinan el fracaso temporal de la emancipación de la humanidad? Si la respuesta a esta segunda pregunta es afirmativa, tendremos que hacerles otra: de entre los factores internos del Movimiento Comunista Internacional (MCI), ¿cuál es el eslabón fundamental, el que articula y concatena todas las formas orgánicas de la revolución como movimiento político real y efectivo, esto es, material? Si no quieren salirse también aquí del campo del marxismo, tendrán que responder, con nosotros y con Mao, que ese elemento fundamental por el que interrogamos es la ideología. De este modo, si situamos la ideología al mando del movimiento comunista, ¿dónde está ese teoricismo o el idealismo que pretende “superar en el plano de lo ideal contradicciones que existen en el mundo material”? Y más concretamente: ¿a qué contradicciones particulares aluden? Como es natural, ninguna de estas preguntas tiene respuesta. La acusación huera substituye al argumento; el eslogan, al desarrollo teórico riguroso.

Pero podemos ahondar un poco más en este despropósito de razonamiento. Intentando mantener cierta apariencia materialista —vulgar—, retroceden implícitamente hasta posiciones premarxistas en lo que a la dialéctica materia-idea o ser-conciencia se refiere. Sería legítimo preguntarles de dónde salen esas contradicciones que existen el mundo material y que imposibilitan, según ellos, el desarrollo exitoso de la revolución proletaria. A la espera de que nos digan cuáles son, sobre lo que no sueltan prenda, recordaremos algunas palabras de Marx sobre esto:

La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita, a su vez, ser educado.”12

Y, también, que “lo primero que hay que hacer es comprender ésta [la base terrenal —N. de la R.] en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir, v. gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla.”13

Si enlazamos estas dos citas con otras dos ideas centrales del pensamiento marxista, que rezan que sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario y que aquélla —la teoría— sólo es práctica social sintetizada, podrá comprenderse ampliamente lo espurio del planteamiento de IC: no nos negamos, ni mucho menos, “a dar un sólo paso hasta haber “reconstituido” el comunismo desde sus mismos cimientos14; nadie plantea, tampoco, resolver contradicciones materiales en el plano puramente ideal; de lo que se trata es de comprenderlas teóricamente para situarnos en condiciones de revolucionarlas prácticamente. O, dicho de otra manera, que el Balance es el proceso consciente que permite aprehender las contradicciones terrenales ante las que sucumbió la Revolución Proletaria Mundial, que implica la crítica revolucionaria del pasado Ciclo para la reconstitución ideológica, siendo esta última tarea la que nos posibilitará revolucionar prácticamente, y a escala de amplias masas, el mundo del que participamos. Así, en relación con la primera cita de Marx traída a colación, necesitamos educar a hombres y mujeres nuevos para que cambien deliberadamente las circunstancias, a la vez que ésta modificación o transformación objetiva coadyuva a la génesis de hombres y mujeres nuevos en una escala cada vez más amplia. Éste es el único sentido consecuente de la idea defendida por Marx y Engels cuando decían que el Comunismo no es un ideal al que aspirar o aferrarse, sino un movimiento práctico que supera contradicciones. Por consiguiente, en su absurda acusación, obvian las implicaciones que Marx señala: la derrota ideológica —que no “derrumbe”— no es sólo ni principalmente el producto de un contexto histórico concreto, ya que éste último es también el resultado de una actividad práctica que viene marcada por una ideología limitada. En pocas palabras: aquí lo esencial es constatar cuáles han sido las deficiencias ideológicas internas y de partida —que no los errores circunstanciales individuales y externos— que han posibilitado el fracaso global de la revolución.

Quizá IC pretendía engatusar al lector despistado colocando el elemento del “derrumbe” en el campo ideológico. Pero esto es absolutamente falso. Si algo se derrumbó durante el pasado Ciclo fue, en todo caso, la fachada revisionista de la nueva burguesía burocrática del bloque “socialista”. Y si cayó fue precisamente porque ya no era funcional a los intereses de esa clase. ¿Por qué? Porque hacía bastante que la revolución proletaria había dejado de ser un horizonte real e inmediato de las masas desposeídas, al no estar el marxismo en condiciones de ofrecer solución positiva a los nuevos problemas de la revolución. El Comunismo, en tanto doctrina de liberación del proletariado (Engels), no se derrumbó: fue acumulando derrotas y fracasos parciales a partir de un nacimiento bastardo, lo que desembocó lógicamente en un repliegue global, en todos los campos, de las fuerzas proletarias. La cuestión es, pues, sencilla: sin ideología a la altura de las circunstancias históricas no hay tampoco movimiento revolucionario. Por esto nuestra primera e ineludible tarea es reconstituir ideológicamente el Comunismo, a lo que IC ha renunciado por activa y por pasiva. ¿Cómo llevar a cabo esa reconstitución? Precisamente desarrollando la lucha de dos líneas —esa que IC dice llevar a cabo pero que, de facto, no se atreve a desatar— en toda su amplitud en torno a la práctica social legada por el Ciclo de Octubre; aplicando una línea de masas proletaria e independiente, que trate de revolucionar en cada momento a los sectores de la clase susceptibles de ser conquistados para la revolución; y, en definitiva, creando verdaderos cuadros comunistas capaces de articular un movimiento prepartidario de vanguardia.

Medios caducos para vías muertas

Continuemos desgranando los documentos de Iniciativa Comunista, centrándonos ahora en el problema del Partido. Cierto es que, para contentar a su ala izquierda, IC se desvive remarcando una y otra vez la centralidad del Partido y la importancia que reviste para la revolución, etc. Pero creemos que subestiman tanto a sus militantes más avezados como al lector en general. Sencillamente nos deben tomar por idiotas. Esto es, literalmente, todo lo que tienen que proponer sobre la reconstitución del Partido Comunista:

(…) nosotros/as planteamos que los distintos aspectos de la situación actual forman un todo difícilmente separable. Cualquier intento de solucionarlos de manera aislada, o siguiendo algún tipo de plan absolutamente lineal y mecánico, estará condenado al fracaso.

Obviamente es imposible delinear en un único documento los pasos a seguir para salir de esta encrucijada. Estos serán por fuerza el fruto de un proceso colectivo. Dicho eso, desde Iniciativa Comunista no renunciamos a aportar nuestro grano de arena desde nuestra perspectiva y situación material concreta. ”15

Este extracto no tiene desperdicio alguno. Nos será muy útil para desgranar pormenorizadamente buena parte de las desviaciones de la organización de la que hablamos. La primera y más sangrante es obvia: con la excusa falaz de la lucha contra el mecanicismo, IC admite abiertamente que aquello de la táctica-Plan no es lo suyo, y que mucho menos está por la labor de exponer positivamente su visión acerca de qué hacer para reconstituir el Partido. Han copiado este mal vicio del FRML, que debe llevar cerca de dos años mordiéndose la lengua con una demoledora crítica a la Nueva Orientación (PCR) bajo el brazo. Probablemente sea cierto, y sus concepciones —tanto las de IC como las del FRML— sean verdaderamente demoledoras… respecto a sí mismos. Dadas las circunstancias, y siendo conscientes de la complicidad existente —si no entre las organizaciones sí entre algunos de sus militantes destacados—, les invitamos a dejar de lado la fraseología revolucionaria, a declarar abiertamente el amor que se profesan y gritar a los cuatro vientos sus ánimos liquidadores. ¡Ah, no! Esto es inviable. Casi olvidamos por un momento que el centrismo, como forma peculiar de oportunismo, nunca plantea abiertamente sus posicionamientos reales16. Discúlpennos, se lo rogamos, por este inaceptable y pasajero lapsus.

Por lo demás, inmediatamente antes habían dicho —¡agárrense!— lo siguiente:

(…) la grave situación de la clase obrera, el deterioro constante de sus derechos y calidad de vida, pueden llevar a algunos/as [dígannos, ¿a quiénes? ¿¡No será a ustedes mismos!?] a querer participar, dirigir o “hegemonizar” t o d a s las luchas de resistencia espontánea que surjan. Caen [sic!] en el practicismo y el seguidismo, obviando la necesidad de la organización y teoría revolucionaria [sic!!].”17

Por un instante hemos sentido verdadera lástima por quien o quienes hayan tenido que redactar estos documentos. Debe ser una tortura reflejar por escrito la inevitable esquizofrenia de una organización como ésta. No culpamos a los redactores. Pero el ala derecha y dirigente de IC debería tener una poca vergüenza. El párrafo anterior es como el desgarrador relato del enfermo que se mira al espejo y es incapaz de reconocerse, arremetiendo contra un fiel reflejo que le es ajeno. O, con Bécquer, diríamos: ¿Qué es practicismo? ¿Y tú me lo preguntas? Practicismo… eres tú. Contrástese la cita anterior con el extracto siguiente:

Hay que apoyar t o d a s y c a d a u n a [sic!] de las luchas que surjan de los propios trabajadores y trabajadoras. Es en esos momentos de pugna cuando las posiciones de las y los comunistas deben coincidir con la parte más avanzada de la clase trabajadora, sin intentar fagocitar la lucha sino tener capacidad de influir en su dirección.”18

¡Nunca creímos que se pudiera llegar a plantear tal estupidez! ¡Hay formas más dignas de ser centrista, señores y señoras dirigentes de IC! Según esta organización, entonces, hay algunos (!) que caen en el practicismo, queriendo participar, dirigir o hegemonizar todas las luchas espontáneas que surjan. Bien. Magnífico. Por esto, los comunistas deben —siempre según la lógica esquizofrénica de IC— apoyar, es decir, participar en, todas y cada una de las luchas espontáneas que surjan para influir en su dirección. ¡Brillante, absolutamente brillante! Hasta donde nosotros conocemos, Iniciativa Comunista es el primer destacamento comunista que llega al extremo de atacarse explícitamente a sí mismo en sus propios documentos congresuales. ¡Es todo un hito!

Bromas aparte, los factores profundos que explican este sinsentido teórico son obvios, y ya los hemos repetido en numerosas ocasiones: la dirección de esta organización, para evitar su implosión inmediata, se ve obligada a ceder terreno ideológico ante la incipiente ala izquierda, potencialmente revolucionaria y a sólo un par de pasos de romper con el revisionismo; en la ejecución de esta operación, la dirección acepta —pues se ve obligada a ello— incluir extractos propuestos por los militantes más consecuentes, que contradicen abiertamente el sentido general de las tesis reformistas defendidas en los documentos. Así, como adelantamos en la introducción, sólo es cuestión de tiempo —es decir, de actividad consciente desarrollada temporalmente— que los camaradas más aptos de entre sus filas perciban con total claridad lo irreconciliable de ambas posiciones. Si la dirección de IC cree que puede evitar un fenómeno que se ha dado universalmente en la práctica totalidad las siglas del revisionismo, está gravemente equivocada.

Pero los despropósitos, como era de esperar, no acaban aquí. Continuemos diseccionándolos.

Naturalmente, toda pretensión espontaneísta tiene su correlato necesario en una línea de masas resistencial o directamente sindicalista. Veamos qué nos dice IC a este respecto:

Creemos que es imposible avanzar en el desarrollo de la teoría revolucionaria y la reconstitución del Partido Comunista sin un contacto estrecho y constante con la realidad concreta, sin un análisis de e identificación con las luchas y movimientos espontáneos de resistencia. No simplemente por una cuestión de principio, sino por ser éstos un factor inseparable en el desarrollo dialéctico (en su génesis y su verificación) de la teoría y la organización revolucionaria. En este sentido reivindicamos como fundamental la llamada “línea de masas” para los/as comunistas.”19

Más allá de la insistencia en los errores que ya habían confesado antes —como ese “contacto estrecho y constante”, esa “identificación con las luchas y movimientos espontáneos”—, conviene señalar lo falso de su planteamiento. Excusan esta actividad espontaneísta diciendo que esos movimientos constituyen un elemento esencial en la “génesis y verificación” de la teoría y la organización revolucionarias. De nuevo, mienten abiertamente. Quizá tengan que repasar, entre otros textos básicos, el ¿Qué hacer? de Lenin. Una rápida y superficial lectura ya les indicaría que el movimiento espontáneo sólo genera y verifica teoría reformista y formas orgánicas sindicales. Es la tesis central del pensamiento revolucionario, defendida ya por Kautsky cuando aún se le podía incluir en susodicha categoría: la teoría revolucionaria —el Comunismo— se introduce en el proletariado desde fuera de su movimiento espontáneo. Esto es el abecé de la teoría marxista, y que tengamos que explicárselo a una organización autodenominada comunista es bastante preocupante. Por lo mismo que ya hemos expuesto, la teoría revolucionaria sólo puede verificarse en la práctica revolucionaria. La coincidencia de ambos elementos es lo que llamamos praxis revolucionaria. Asimismo, las formas organizativas de la revolución sólo pueden ser el resultado de la progresiva articulación de un movimiento político de nuevo tipo. Precisamente lo que intenta —y va consiguiendo, modestamente— la Línea de Reconstitución. Mientras, IC puede seguir intentando radicalizar la espontaneidad, apoyar “todas y cada una” de las luchas que surjan e “influir en su dirección. Sería inútil que les deseáramos buena suerte: como decían ellos respecto a otro problema, su intento “estará condenado al fracaso20.

Por terminar con esta cuestión, citaremos el extracto en el que IC redondea su planteamiento y desdibuja, de paso, la naturaleza del Partido Comunista:

La necesidad de la línea de masas. Sólo un Partido conectado orgánicamente con las masas puede impulsar y dirigir sus posiciones hacia una conciencia revolucionaria (conciencia para sí). Son ellas las que deben ser protagonistas de la revolución y la construcción del socialismo.”21

Antes que nada, señalar que el Partido no se conecta orgánicamente con las masas. Esta visión es tan tautológicamente absurda como postular que un cuerpo humano se conecta orgánicamente con su cerebro, sus pulmones, o su corazón. Es obvio que todos esos elementos forman parte a priori del organismo en sí mismo como totalidad concreta, y que sin ellos no existiría real y efectivamente. El Partido es en sí mismo, entonces, la expresión orgánica de una profunda vinculación existente entre la vanguardia revolucionaria y las masas revolucionarias. Pero ¿cuál es sentido de esta visión organicista del Partido que profesa IC? Lo confiesan en el mismo párrafo de manera subrepticia. En él nos dicen que el Partido debe impulsar y dirigir las posiciones de las masas hacia una conciencia para sí. Nos quieren dar, de nuevo, gato por liebre; como prestidigitadores poco hábiles, creen que pueden engañar al lector jugando con los términos casi imperceptiblemente. ¿Recuerdan ese afán de IC por participar en y dirigir las luchas espontáneas? Pues esto mismo acaban de expresar, aunque desde otro punto de vista. Si de ellos dependiera, constituirían el Partido —¡por arte de magia, pues no han dado ni un sólo indicio de cómo pretenden hacerlo!—, se ligarían externamente con las masas acudiendo a sus luchas espontáneas, y dirigirían estas —aunque en otro párrafo dijeran que esto era practicismo, ¡es igual!— hacia la conciencia para sí. ¿Dónde está el problema?, preguntarán muchos. Pues en que, de la misma manera que el Partido no se conecta externamente con las masas porque éstas forman ya parte de él —en todo caso las revoluciona y las incorpora integralmente al proceso revolucionario—, el PC no puede impulsar y dirigir lo espontáneo hacia la conciencia revolucionaria por dos motivos principales: primero, porque no hay línea de continuidad posible entre lo espontáneo y lo consciente; segundo, porque el Partido es ya en sí mismo la encarnación de la conciencia para sí del proletariado. Como vemos, las trampas son constantes y todas apuntan a lo mismo: hacia la supuesta radicalización de lo espontáneo para que revierta positivamente en sus pretensiones de reformismo extraparlamentario.

Entonces, se nos interrogará, ¿cuál es el sentido o la aplicación revolucionaria del concepto de “línea de masas”? En este problema, nos gustaría corregir o puntualizar levemente a Mao. Él postulaba, esencialmente, lo siguiente:

En todo el trabajo práctico de nuestro Partido, toda dirección correcta está basada necesariamente en el principio: “de las masas, a las masas”. Esto significa recoger las ideas (dispersas y no sistemáticas) de las masas y sintetizarlas (transformarlas, mediante el estudio, en ideas sintetizadas y sistematizadas) para luego llevarlas a las masas, difundirlas y explicarlas, de modo que las masas las hagan suyas, perseveren en ellas y las traduzcan en acción, y comprobar en la acción de las masas la justeza de estas ideas. Luego, hay que volver a recoger y sintetizar las ideas de las masas y llevarlas a las masas para que perseveren en ellas, y así indefinidamente, de modo que las ideas se tornan cada vez más justas, más vivas y más ricas de contenido. Tal es la teoría marxista del conocimiento.”22

Nuestro desacuerdo con el revolucionario chino reside principalmente en el factor que privilegia como principal. Ya dijimos en otro documento que, desde nuestro punto de vista, en nuestros días no se trata de llevar la teoría revolucionaria al movimiento obrero sino de traer a las sucesivas capas del proletariado a la posición ideológico-política de la vanguardia, esto es, de convertir a cada vez más masas en vanguardia. El matiz, que podría parecer un detalle anodino, implica poner el acento, esta vez, en la vanguardia y no en las masas, en la conciencia y no en la espontaneidad, etc. Consideramos que, una vez abandonado el paradigma de Octubre, conviene también transformar en consecuencia las consignas que de él emanaron. Y lo mismo pasa con la línea de masas. Siendo ésta, a fin de cuentas, el conjunto de puentes trazados conscientemente entre la vanguardia —que no el Partido— y las masas para conformar, afianzar y desarrollar su vinculación intrínseca, tampoco es neutral la forma concreta o la direccionalidad que adopten tales relaciones. Bajo la consigna “de las masas a las masas”, volvemos a dar primacía al papel de lo espontáneo, de las masas, en detrimento de la vanguardia y su conciencia. Si sólo debemos sintetizar y sistematizar las ideas dispersas que las masas ya albergan desde un principio, resulta que éstas ya son revolucionarias de por sí23, y que la diferencia entre lo espontáneo y la revolución es sólo un problema de grado, cuantitativo y no cualitativo. Las implicaciones de este planteamiento son dobles, en función del contexto: en uno revolucionario, póngase la Rusia del 17, la vanguardia se ve coartada por el nivel de conciencia de las masas, lo suficientemente elevado como para avanzar algo pero no tanto como para hacerlo al ritmo o en la dirección que la revolución necesitaría. Así, la vanguardia va y ve siempre dos pasos por delante del conjunto de la clase. Naturalmente, esta es la naturaleza misma de la vanguardia y no lo planteamos como algo negativo per se; el problema aparece precisamente cuando la vanguardia no sabe traer a su posición a cada vez más sectores de las masas. Esto, que ha ocurrido universalmente en todas las experiencias del Ciclo de Octubre —y que constituye la causa de fondo por la que, al morir tal o cual dirigente, el proceso revolucionario se revierte definitivamente—, no deja de ser la expresión de cómo se eterniza la división social del trabajo: la vanguardia se convierte, finalmente, en la tutora de las masas y, como ciertas aves, regurgita los alimentos con los que sus crías se alimentarán, impidiendo que ellas mismas aprendan a masticar de manera autónoma. Por otro lado, en un contexto no revolucionario, esta consigna abre la puerta a posturas como la de IC, que se postran abiertamente ante la espontaneidad con la excusa de “estar con las masas”24. Sea como fuere, aquí vemos de nuevo lo inoperante de aquélla visión positivista que denunciábamos al principio: problemas como éste, en los que ciertas ideas, orientaciones o conceptualizaciones son válidas durante algún tiempo o en determinado contexto, no soportan que, décadas después, se valoren exclusivamente como aciertos o errores. Mao, por ejemplo, acertó en muchas cosas, pero el maoísmo es ya insuficiente para el nuevo Ciclo por la actividad subjetiva pero objetivamente transformadora que el proletariado revolucionario ha venido efectuando. Los comunistas debemos ampliar nuestros horizontes y percibir en toda su complejidad las razones profundas de tales realidades, sus raíces objetivas y subjetivas, la disposición de partida de ciertos elementos que prefiguraba sus propias limitaciones, etc. Todo lo demás será un ejercicio estéril, idealista y, ahora sí, verdaderamente teoricista. Valorar la compleja historia del MCI en términos de aciertos y errores, renunciando al Balance como mediación necesaria para relanzar la revolución proletaria, es retornar a la filosofía premarxista e interpretar de tal o cual manera la realidad —y su pasado— en vez de invertir todas las energías vitales de uno en la transformación consciente de aquélla.

Así las cosas, y con el objetivo manifiesto de subvertir todos los eslóganes que hagan falta para adecuarlos al contenido que deben expresar en el contexto de la nueva ola de la revolución, manifestamos que la verdadera esencia de la línea de masas queda sintetizada en la consigna “de la vanguardia a la vanguardia”. Lo cual, por cierto, tiene dos sentidos: por un lado, que debe ser la vanguardia la que establezca deliberadamente —y de donde partan— los horizontes y los problemas que la revolución debe resolver, elaborando siempre una táctica-Plan que permita la superación consciente de todas y cada una de las contradicciones que durante el proceso aparezcan, sin otorgar nunca el papel rector a la espontaneidad —aunque siga jugando siempre cierto papel en la revolución— y desechando todo posibilismo de corte masista. Además, esto implica que los planes trazados por la vanguardia —a través, claro, de la síntesis de la práctica social pretérita— son compartidos, discutidos y aplicados por las masas, que en su movimiento los asimilan, enriquecen y completan, como dijera el propio Mao; por otro, que la vanguardia debe articular su relación con las masas de tal modo que permita la elevación-transformación de cada vez más amplios sectores de la clase. Así, y sólo así, podremos encaminarnos conscientemente hacia la completa liquidación de la división social del trabajo. Un buen ejemplo de este proceso es el propio Movimiento por la Reconstitución: en lugar de descender hacia las masas, tomando a éstas por estúpidas y rebajando su propio nivel para conquistar algunas simpatías, la vanguardia comunista busca a los sectores de la clase más cercanos a ella —en el momento actual, principalmente la vanguardia teórica—, los revoluciona y los convierte en parte de sí. No es una absorción mecánica: los dos elementos que existen en la situación de partida —sujeto y objeto— son mutuamente elevados, transformados y finalmente disueltos en tanto tales, pasando a formar parte de una totalidad mayor y cualitativamente distinta. El nuevo sujeto, que goza de un punto de partida superior, está en condiciones de conquistar y transformar a más extensos sectores de la clase que en el principio de la operación. Así pues, el movimiento en espiral va “de la vanguardia a la vanguardia” en movimientos cíclicos y cuasi eternos. ¿Cuál es la variación fundamental, pues, entre la consiga “de las masas a las masas” y “de la vanguardia a la vanguardia”? Naturalmente, dado que los ciclos de doblenegaciones son prácticamente infinitos —terminarán, en este ámbito, sólo cuando no haya ni vanguardia ni masas, es decir, en la etapa superior del Comunismo—, la sucesión vanguardia-masas y/o masas-vanguardia se repetirá por doquier, y vista en perspectiva no habrá nunca un principio absoluto nítidamente identificable. ¿Qué sentido tiene entonces dar la vuelta a la consigna? Fundamentalmente que, dado que establecemos siempre ciclos triádicos —afirmación, negación y negación de la negación—, resulta determinante dónde situamos el punto de partida, esto es, el aspecto principal de la contradicción. Mao tenía parte de razón cuando alegó que, en realidad, toda contradicción era —hasta su cancelación definitiva— una serie indefinida de afirmaciones y negaciones concatenadas alternativamente. Rechazaba la negación de la negación porque entendía que ésta no era sino otra afirmación en un plano superior, pues omnis determinatio est negatio. Pero, por lo mismo, obvió precisamente que la negación de la negación permite establecer un eslabón principal, un aspecto que vuelve a sí mismo a través de lo otro y que, en definitiva, la doblenegación ofrece la posibilidad de orientar conscientemente la praxis humana en base a unos objetivos planificados, a través del desenvolvimiento deliberado de alguna de las posibilidades de desarrollo que presenta la materia.

Al margen de problemas filosóficos derivados del desarrollo de la lucha de dos líneas, que nos parecen bastante interesantes, creemos haber demostrado la inconsistencia de los postulados de Iniciativa Comunista en lo que a los medios de la revolución, esto es, el Partido Comunista y la línea de masas, respecta. Confiamos en que el lector podrá sacar sus conclusiones sin mayor dificultad, atendiendo a lo endeble y superficial de viraje de IC.

Claudicar ante fines ajenos… otra vez

Hasta aquí, desde nuestro punto de vista, lo esencial de nuestro artículo. Hemos procurado incidir más concretamente en aquellos elementos particulares que, de un modo u otro, marcan la novedosa tentativa centrista de Iniciativa Comunista. Podríamos seguir ad eternum indagando en las falsedades, incorrecciones, tergiversaciones o errores reflejados en sus documentos congresuales. Pero lo cierto es que semejante empresa sería bastante poco útil, pues tales elementos quedaron refutados hace ya seis meses en nuestro escrito anterior contra IC25. Sin embargo, sí utilizaremos este último apartado para enumerar brevemente algunos elementos aislados que terminan de certificar —por si no estaba ya bastante claro— que IC nunca ha vuelto a —porque nunca ha estado en— la trinchera del marxismo revolucionario.

Veamos algunos de sus postulados que confirman, de nuevo, la justeza de nuestros taxativos juicios:

Este movimiento [el obrero y popular. N de la R.] debe estar integrado por el movimiento obrero, juvenil, feminista, antifascista, antimperialista, y de clase en general, de todas las explotadas y los explotados, que coincida en sus luchas por una salida revolucionaria al poder burgués y la construcción del socialismo.”26

A quien haya leído nuestro anterior escrito contra esta organización le parecerá que, por un momento, hemos vuelto seis meses atrás —tres años para IC—, y que estamos aún refutando los documentos de su III Congreso. Nada de esto. Iniciativa Comunista, a pesar de todo el maquillaje externo que se ha aplicado con tan poca pericia, sigue teniendo la misma concepción de la revolución: ésta es, sencillamente, la yuxtaposición mecánica de todo movimiento aristobrero o pequeñoburgués que podamos encontrar por el camino. Atrás y muy lejos quedaron las buenas intenciones, los conceptos rimbombantes y las declaraciones aparentemente coherentes con el marxismo —una o dos, a lo sumo—: IC, adicta a integrar dos en uno, no ha podido resistir la tentación de explicitar sus pretensiones cuantitativistas. Pero, dado que estas posturas ya quedaron refutadas en nuestro anterior documento crítico, a él remitimos a quien quiera profundizar en su refutación.

Dicen filisteamente, después, que deben entrar en el movimiento espontáneo de masas, reformista por naturaleza, y dotarle de un carácter de clase y combatividad que centre su lucha por la ruptura revolucionaria, no quedándose en las posturas cortoplacistas y de carácter inmediato.”27

De manera extraordinaria y sin que sirva de precedente, vamos a volver a citar un extracto que aparece más atrás en sus documentos, sólo para enfatizar el contraste entre las dos líneas que aún conviven en esta organización:

(…) la grave situación de la clase obrera, el deterioro constante de sus derechos y calidad de vida, pueden llevar a algunos/as a querer participar, dirigir o “hegemonizar” t o d a s las luchas de resistencia espontánea que surjan. Caen en el practicismo y el seguidismo, obviando la necesidad de la organización y teoría revolucionaria.”28

Nos preguntamos realmente qué opinan de este sinsentido los militantes más avanzados de IC, a los que, como la última vez, dirigimos especialmente y con toda nuestra simpatía el presente escrito. Sobra decir que los epítetos y los juicios aquí emitidos hacen referencia a la dirección y al conjunto del ala derecha de la organización, y no a los camaradas honestos que, sabemos, luchan en su interior representando la tendencia hacia la línea proletaria.

Siguiendo con este rápido repaso, veamos cómo han reformulado su propuesta republicanista:

Por lo tanto la lucha por la revolución es la lucha por la III República y viceversa [sic!], no se trata de un paso previo para la revolución socialista. El Estado español, pese a sus carencias democráticas y mantener características del Estado fascista, es un Estado burgués desarrollado, un Estado imperialista de segundo orden que sirve a los intereses del imperialismo mundial. Por lo tanto la contradicción primordial es entre burguesía y proletariado, y cualquier intento de reforma del régimen no sería más que una quimera burguesa para distraer y desorientar al movimiento revolucionario.”29

Ingenuidades oportunistas a un lado, querríamos ver la cara de las personas que hayan pergeñado este sofisma patético e inconsistente cuando, quizá en los próximos años, la rearticulación del bloque dominante implique el tránsito ordenado hacia formas republicanas de Estado. Es una posibilidad nada desdeñable, que parece que IC ha preferido no tener en cuenta y catalogar como quimera. De haber sido de otro modo, y tras nuestras contundentes críticas a su republicanismo, se hubieran quedado sin cobertura ideológica para el desarrollo de su “línea de masas” revisionista en plataformas republicanas. ¿Que la III República será con toda probabilidad la forma en la que el Estado se refunde en un futuro no muy lejano? Da lo mismo. Nosotros, IC, estamos por encima —más bien por debajo, enterrados por ella— de una lucha de clases en la que no podemos incidir; hemos decidido entonces, al menos sobre el papel, que esta III República será como poco socialista y revolucionaria. Porque nosotros lo valemos.

Parece, pues, que son ellos los que, efectivamente, “suelen caer en un teoricismo que se mira el ombligo de manera permanente” ya que “pretenden superar en el plano de lo ideal contradicciones que también, o sobre todo, existen en el mundo material.”30

Otro aspecto en el que la posición de IC permanece firmemente asentada en los postulados más abiertamente derechistas es el del sindicalismo. Dicen “apostar por las fuerzas que busquen una verdadera unidad obrera superadora de siglas31. Visto así, bien podrían probar a integrarse en los CUO, materialización —o más bien intento— de ese principio aristobrero sindicalista y unitario. Las posturas de IC en este sentido siguen siendo el engendro defendido por la práctica totalidad del campo del revisionismo, pues también “IC asume la necesidad de contribuir en el desarrollo y fortalecimiento de un sindicalismo de clase y de combate32.

No obstante, en otro de esos momentos épicos e hilarantes que alegran y aligeran una lectura tediosa —como la de estos documentos congresuales— y nos dejan ciertamente ojipláticos, al inicio del capítulo dedicado al sindicalismo habían citado el siguiente extracto de Stalin:

En el periodo de los combates del Ruhr, los comunistas alemanes pudieron comprobar el conocido hecho de que los obreros no sindicados se mostraron más revolucionarios que los obreros sindicados. Humbert-Droz se muestra indignado por ello y afirma que eso no pudo ocurrir. ¡Cosa extraña! ¿Por qué no pudo ocurrir? En el Ruhr hay cosa de un millón de obreros. Cerca de doscientos mil pertenecen a los sindicatos. Los sindicatos los dirigen burócratas reformistas ligados por infinitos hilos a la clase capitalista. ¿Qué tiene de sorprendente que los obreros no sindicados se mostrasen más revolucionarios que los sindicados? ¿Acaso podía ser de otro modo?33

¡Mon dieu! Hay que reconocer que estos de IC no son grandes propagandistas de sus ideas. Resulta que, para defender la necesidad de reconstruir el sindicalismo, ¡traen a colación una denuncia de la esencia reformista del mismo! ¡Verdaderamente lúcido! Naturalmente, conocemos de sobra la justificación que tienen preparada: “precisamente esa cita de Stalin muestra la necesidad de los sindicatos “de clase”, dirigidos por trabajadores y no por burócratas y vendidos”, dirán convencidos. Estas peroratas sólo ampliarían la irónica sonrisa que esbozaríamos por no llorar. Vemos de nuevo cómo, en lugar de un Balance integral, que extraiga las conclusiones necesarias de una riquísima experiencia del proletariado revolucionario, prefieren quedarse en ver lo erróneo de cierta dirección del sindicalismo, pues dan por hecho que es posible conducirlo de manera acertada, no reformista y “combativa”. ¡Qué poco da de sí esta aristocracia obrera radicalizada!

Sobre este problema en concreto terminan diciendo, sin sonrojo alguno, que también debemos estar con las reivindicaciones de lo público y las mareas. Et voilà!; parece que, cuando se trata de defender o tratar de recuperar el Estado del bienestar, a IC se le olvida aquello de las implicaciones que tiene el formar parte de un Estado imperialista —de segundo orden, en nuestro caso—. ¡Servicios públicos para todos y todas, a costa de la plusvalía extraída a las masas hondas del proletariado nativo y de las colonias de ultram… digo, del tercer mundo!

* * *

Habrá quizá quien se pregunte qué nos ha dado con Iniciativa Comunista. Es posible que algunas personas crean que somos presa de cierta obsesión respecto a esta organización. Nada más lejos de la realidad. Como hemos dicho con anterioridad, los dos documentos que hemos dedicado al destacamento que nos ocupa forman parte de una táctica-plan; como factor externo que somos respecto a IC, hemos procurado exacerbar el proceso de crítica-unidad-crítica —el orden de los elementos, invirtiendo la formulación clásica, no es tampoco aquí casual— que, sabemos, allí se desarrolla. Y lo hacemos porque hay obvios factores internos a través de los cuales podemos actuar e incidir. Poco importa que estos sean pocos o muchos, uno o diez, dos o veinte; el cuadro comunista individual, en nuestro contexto, puede hacer cien veces más por la revolución que un centenar de abnegados pero ciegos activistas revisionistas. En el caso de IC, más vale un cuadro realmente revolucionario que rompa con la organización que cien sindicalistas-feministas-antifascistas-antiimperialistas-republicanos.

Además, nuestro interés en promover la lucha de dos líneas en Iniciativa Comunista tiene un objetivo más global y genérico. Las fuerzas de la revolución deben evitar el reagrupamiento de un revisionismo en crisis. Y sólo se puede conseguir esto por dos vías que discurren paralelas: principalmente, articulando el movimiento político de la vanguardia comunista, es decir, fortaleciendo y desarrollando el Movimiento por la Reconstitución (MplR). Secundariamente, impidiendo el afianzamiento del nuevo tipo de revisionismo, que hace cínicos guiños a la reconstitución mientras realiza un trabajo político manifiestamente derechista. Y es que la ortodoxia marxista-leninista pierde fuelle a marchas forzadas, en buena medida gracias al MplR; por su parte, y siguiendo el ejemplo de su hermano mayor populista, el reformismo extraparlamentario y pacífico —pues el armado ya es cosa del más absoluto pasado— intenta afianzarse como representante de las capas intermedias de la aristocracia obrera. En definitiva, quieren integrarse en el Estado sin mancharse las manos, ni de sangre ni de cola para propaganda electoral. Se preparan para ser la “oposición extrema”, aprovechando para intentar nublar y arrastran consigo a ciertos sectores inquietos de la vanguardia del proletariado y neutralizando así la línea proletaria. Aunque estén obviamente condenados al fracaso, puede que en el transcurso de su aventura embauquen a algunos elementos que bien podrían ser muy útiles a la revolución. Como hemos dicho, pretendemos impedirlo por todos los medios posibles.

Así las cosas, llamamos a ese ala izquierda de Iniciativa Comunista —y de todos los destacamentos de vanguardia en general— a reflexionar seriamente sobre todos los puntos señalados en este y otros documentos; a discutir abiertamente, con unos y con otros, las inquietudes que se les puedan presentar; a contrastar, en definitiva, las respuestas ofrecidas por ambos lados. Sólo así, ejercitando y construyendo una potente capacidad crítica, desarrollando la lucha de entre las dos líneas hasta sus últimas consecuencias, será posible deslindar los campos de la revolución y la reacción y reconstituir ideológicamente el Comunismo.

¡Desmontar al derechismo!
¡Arrinconar al centrismo!

Nueva Praxis
Marzo de 2015

Notas

1. Véase Tomar la Iniciativa. Salutación crítica al IV Congreso de IC.

2. Iniciativa Comunista, Documentos del IV Congreso. Pág. 3.

3. Ibídem. Pág. 4.

4. Ibídem. Pág. 3.

5. Ibídem. Pág. 6.

6. No se nos olvida aquí cierto documental izquierdista en el que, no por casualidad, coinciden Olarieta y un dirigente destacado de IC. Naturalmente, su democratismo pequeñoburgués es idéntico. Pero al menos el erre, en su error, fue más consecuente con sus posiciones reformistas extraparlamentarias que IC, organización más timorata y endeble.

7. Ibídem. Pág. 7.

8. En realidad, para ser exactos, ya proponen en estos documentos algo similar. Hablan de la necesidad de “la construcción de un partido marxista-leninista en Euskal Herria” (ibídem, pág. 23). ¡Fantástico! Han vuelto a renunciar al marxismo para pasarse, en esta ocasión, al particularismo nacionalista. Para su desgracia, la literatura marxista sobre los problemas político-organizativos en Estados plurinacionales es bien clara a este respecto, y está en las antípodas de sus posicionamientos. Efectivamente, están en la vía correcta para “poner especial énfasis en la relación con aquellas organizaciones” (ib.. pág. 23. promotoras del nacionalismo vasco en el seno del MCEe, como Herri Gorri o Kimetz. Dígannos: ¿cómo se sienten todos ustedes al ser nada más y nada menos que los herederos directos de las posiciones liquidadoras del Bund?

9. Un elemento en el que no incidimos en Tomar la Iniciativa. Salutación crítica al IV Congreso de IC, es su facción feminista. Es cierto que no era entonces tan potente como ahora y que sí refutamos sus concepciones feministas; no obstante, a día de hoy es éste el punto fuerte de IC, pues está sabiendo recoger el descontento de los sectores femeninos de la vanguardia respecto a los reproductores de la dominación masculina, con su máximo exponente en los CJC. Esto tiene dos repercusiones esenciales: primero, otorga a IC un flujo de militancia que revitaliza a la organización y la hace fuerte en ese frente; por otro, establece un elemento más que, al entrar en contradicción con la cosmovisión proletaria, generará nuevas tensiones entre facciones, creando esta circunstancia un terreno aún más proclive para la reflexión general del ala izquierda. Por lo mismo, y en un contexto más global que las vicisitudes por las que pase IC, se exige de la vanguardia proletaria un profundo esfuerzo por dar respuestas concretas, Balance mediante, a la fundamental cuestión de la emancipación revolucionaria de la mujer. Dada la importancia del tema, y aunque las posiciones particulares de IC no revistan ninguna profundidad, nosotros y nosotras procuraremos estar a la altura de las circunstancias y contribuir en lo posible, en cuanto nos sea factible, en esta ambiciosa e importantísima empresa, desarrollando un estudio amplio y completo de este problema.

10. Ibídem. Pág. 4

11. Ídem.

12. Karl Marx, Tesis sobre Feuerbach.

13. Ibídem.

14. Recomendamos a los militantes de IC que piensen así que, para evitar futuros ridículos, se molesten en leer los documentos fundamentales de la Línea de Reconstitución, en especial la Nueva Orientación. Verán, quizá con verdadera sorpresa, que la reconstitución del Comunismo, también en su etapa principalmente ideológica, es un movimiento político práctico que no sólo da pasos, sino que avanza más y más velozmente que cualquier proyecto revisionista. Las palabras de IC significan, exclusivamente, que como sector radicalizado de la aristocracia obrera están deseosos de que el proletariado renuncie a la revolución y se sume al movimiento reformista que les asegure, a ellos y no al proletariado, una posición más holgada dentro del Estado burgués. Se lamentan, a fin de cuentas, de que no demos “un sólo paso” hacia la charca de la que hablaba Lenin. Marchamos en grupo compacto, señores y señoras de IC; y, como el ruso, no tendremos problema en procurar que terminen en la charca que con tanta insistencia nos recomiendan visitar.

15. Iniciativa Comunista, lug. cit. Pág. 4.

16. “Cuando se habla de lucha contra el oportunismo no hay que olvidar nunca un rasgo peculiar de todo el oportunismo contemporáneo en todos los terrenos: su carácter indefinido, difuso, inaprensible. El oportunista, por su misma naturaleza, evita siempre plantear los problemas de manera concreta y rotunda, busca la resultante, se desliza como una culebra entre puntos de vista que se excluyen mutuamente, esforzándose por “estar de acuerdo” con uno y con otro, reduciendo sus discrepancias a pequeñas enmiendas, a dudas, a buenos deseos candorosos, etc.” ¡Dígannos, si se atreven, que ésta no es una definición al detalle de organizaciones como el FRML o IC! Ésta última tiene incluso la desfachatez de decir que “no teme” el debate y la confrontación. ¡Confronten, pues, y déjense de circunloquios y evasivas!

17. Ídem.

18. Ibídem. Pág. 9.

 

19. Ibídem. Pág. 6.

20. Ibídem. Pág. 5.

21. Ibídem. Pág. 7.

22. Mao Tse-tung, Sobre los métodos de dirección.

23. Puntualicemos lo siguiente: bien es cierto que, en el contexto en el que Mao elaboró esta consigna, la vanguardia revolucionaria china se relacionaba con masas revolucionarias. Por lo tanto, hagamos una leve distinción: igual que hay dos tipos esenciales de conciencia obrera (en sí y para sí; tradeunionista y revolucionaria), hay también dos tipos de espontaneidad determinadas por la conciencia de la que emanen, o sea, una reformista y otra revolucionaria. Por lo tanto, el planteamiento de Mao no incurre en contradicción y nada tiene que ver con el IC, pues él verificaba la teoría revolucionaria en la práctica revolucionaria de la masas, es decir, que el PCCh desarrollaba una praxis revolucionaria. Además, el papel secundario que jugaba la espontaneidad, por ejemplo en las masas chinas durante la revolución cultural, tiene también un componente transformador porque, como decíamos, nace de una conciencia revolucionaria; por el contrario, IC trampea de nuevo y pretende generar y verificar una supuesta teoría revolucionaria (de la que obviamente carece) en una práctica espontánea y reformista. Por lo demás, el matiz aquí introducido no varía en lo más mínimo nuestras tesis: las relaciones universales entre espontaneidad y conciencia están claras, al menos para los y las comunistas consecuentes, al margen de que su naturaleza sea lo bastante rica como para poder seguir profundizando en su análisis.

24. Problema éste que, ciertamente, Lenin planteaba de modo muy distinto al que el revisionismo nos quiere hacer creer: “Uno de los sofismas más difundidos de los kautskistas es el remitirse a las “masas”. ¡No queremos, dicen, separarnos de ellas ni de sus organizaciones! Pero obsérvese cómo plantea Engels esta cuestión. Las “organizaciones de masas” de las tradeuniones inglesas estuvieron en el siglo XIX al lado del partido obrero burgués. Y no por eso se conformaron Marx y Engels con este partido, sino que lo desenmascararon. No olvidaban, en primer lugar, que las organizaciones de las tradeuniones abarcan, en forma inmediata, una minoría del proletariado. Tanto entonces en Inglaterra como ahora en Alemania está organizada no más de una quinta parte del proletariado. Bajo el capitalismo no puede pensarse seriamente en la posibilidad de organizar a la mayoría de los proletarios. En segundo lugar — y esto es lo principal –, no se trata tanto del número de miembros de una organización, como del sentido real, objetivo, de su política: de si esa política representa a las masas, sirve a las masas, es decir, sirve para liberarlas del capitalismo, o representa los intereses de una minoría, su conciliación con el capitalismo. Precisamente esto último, que era justo en relación con Inglaterra en el siglo XIX, es justo hoy día en relación con Alemania, etc.

Del “partido obrero burgués” de las viejas tradeuniones, de la minoría privilegiada, distingue Engels la “masa inferior”, la verdadera mayoría’ y apela a ella, que no está contaminada de “respetabilidad burguesa”. ¡Ese es el quid de la táctica marxista!” Lenin, El movimiento obrero y la escisión del socialismo.

25. Véase nota 1.

26. Iniciativa Comunista, lug. cit. Pág. 8.

27. Ídem.

28. Ibídem. Pág. 4.

29. Ibídem. Pág. 8.

30. Ibídem. Pág. 4.

31. Ibídem. Pág. 9.

32. Ibídem. Pág. 25.

33. I. Stalin, El problema de los combates de clase del proletariado.

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